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Blanco de titanio

El titanio es uno de los metales más comunes y abundantes en la superficie terrestre. Se emplea en numerosas aplicaciones metalmecánicas y tecnológicas. En 1795 Martin Heinrich Klaproth se inspiró en los antiguos dioses de la mitología griega y lo bautizó en honor a los titanes.

El titanio nunca fue de tanta importancia como lo ha sido su trascendencia durante el siglo XX gracias a sus principales ventajas mecánicas, físicas y químicas como ligereza, dureza y resistencia a la corrosión.

Y aunque el titano ya se utilizaba en las obras arquitectónicas, el museo Guggenheim en Bilbao, puso un antes y un después con un edificio tan singular de dimensiones colosales. El Guggenheim fue el icono del titanio para la industria arquitectónica, aunque no fue el único: Museo de la Ciencia en Glasgow, Gran Teatro Nacional de Pekín, Biblioteca Cerritos Millenium de California y sede Fuji en Japón.

Si bien las propiedades de este metal lo han llevado a encumbrarse con grandes edificaciones, también ha logrado penetrar en la paleta del artista situándose como el pigmento blanco más utilizado en la actualidad.

El blanco de titanio desbancó por completo al blanco de plomo debido al pequeño inconveniente de que este último podría matarte dada su toxicidad. En el caso del titanio además de que no es tóxico, tienen un excelente poder cubriente y es relativamente barato.

En obras de arte es posible encontrar este pigmento partiendo del siglo XX, dato que resultó de gran utilidad para identificar las obras falsas que Wolfgang y Helene Veltracchi, una pareja de falsificadores, que vendieron por varios millones de euros arte datado sobre el año de 1914 que contenía blanco de titanio. Sin embargo, fue a partir de 1916 cuando se empezó a comercializar en Noruega y Estados Unidos, de manera muy incipiente.

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