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Sobre el mal gusto y el kitsch

La estética fue conceptualizada y definida por los griegos. Originalmente, su significado estaba fuertemente enraizado al concepto de sensibilidad. Con el paso de los años el concepto se relacionó con la belleza y el arte pero finalmente esa dupla terminó por disociarse. Tras dicho divorcio, aparecen nuevas expresiones calificadas como de mal gusto por el canon tradicional. Pese a ello, con el paso del tiempo dichas manifestaciones lograron imponerse.

Fue así como surgió el espacio kitsch, en donde una persona puede reunir los elementos para crear su propia obra y la convierte en fuente de goce estético. Y como ya decíamos, pese a que el mundo del arte continúa dividido respecto de considerar la decoración como una práctica con valor artístico, no deja de emitir juicios agresivos al respecto porque, lo cierto es que el discurso sobre la fealdad y lo desagradable es más revelador que el discurso sobre la belleza estética.

Juicios agresivos hacia los recintos que albergan una obra que, generalmente, son espacios denominados sala, recámara, cocina y el hogar en el amplio sentido de la palabra.

Por ejemplo, la curadora de antigüedades orientales del Museo Británico, Jessica Rawson, en sus amplias charlas sobre ornamentación menciona lo siguiente: “Todos sabemos y siempre lo supimos, que las superficies blancas son desagradables y ponen a prueba nuestra resistencia. Se confina a los prisioneros en celdas desnudas y también se los interroga en habitaciones desnudas, donde la vista no encuentra ningún alivio en una línea o una forma, ni mucho menos en un ornamento, que rompa la monotonía de las paredes blancas”.

Otro claro ejemplo, específicamente del arreglo kitsch, es la fotografía de boda colgada junto a la imagen religiosa que, al mismo tiempo, comparte espacio con un cartel masivo y comercial de la banda, artista o deportista idealizado y endiosado. O bien, los libreros baratos, de poca calidad con pobres diseños que lo contienen todo, menos libros, que atesoran desde una colección de figuras de porcelana hasta recuerdos religiosos y/o conmemorativos de eventos que nadie recuerda.

En muchos sentidos el kitsch se presenta como el discurso contestatario hacia el poder político, cultural y económico que tradicionalmente pretende imponerse y por lo regular, descalifica el resto de expresiones que incumplen los cánones estéticos. Como resultado, el adjetivo más utilizado para calificar la obra es: mal gusto.

Finalmente, existe también lo que denominan teoría pendular, según la cual, indica que si la primera etapa, pieza o unidad es decorada, la siguiente debe ser sencilla y el estilo que la suceda volverá a ser ornamentado.

Como sea, se supone que el goce estético está disociado del arte. Así, el recinto de nuestra obra, sea cual fuere el espacio para nuestra exposición, no necesariamente debe seguir los cánones estéticos-estilísticos impuestos o validados por los expertos… ¡aunque digan que es de mal gusto!

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