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El héroe, el traidor

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En 1793, nació en Valladolid Agustín de Iturbide y Aramburu, de madre criolla y de padre Vasco. Tuvo la opción de volverse sacerdote, pero opto por el camino militar, sirviendo a su majestad de la Nueva España.

Según sus propias memorias, en 1810 fue invitado por Miguel Hidalgo para unirse a su movimiento, pero declinó, porque según él, Hidalgo y su movimiento sólo tenían en mente eliminar gachupines, violar mujeres y saquear propiedades. Le interesaba participar en el movimiento de Independencia, pero no le parecían sus métodos.

A pesar de esto, terminó dentro de las revueltas que le siguieron al levantamiento armado de Hidalgo. Entre 1814 y 1820 se convirtió en un oficial de alto rango, colega y socio de virreyes, jerarcas de la Iglesia, etc.

Como militar era una persona despiadada, frío y cruel contra el enemigo, no le importaba fusilar mujeres y niños, pero gracias a esto su valieron el rápido ascenso.

La vida como héroe fue difícil, estaba limitado por muchísimas posibilidades, como las opciones políticas siempre cambiantes entre México y España, o la brutal década de violencia por la que pasó México.

Iturbide era querido por el pueblo, no hay duda, incluso los republicanos radicales vieron con buenos ojos el artilugio legal que contenía el Plan de Iguala.

Con José Bonaparte tomando el control de España, las posibilidades para que los pueblos americanos se independizarán eran mayores. En México se aprovechó que ningún “europeo sangre azul” quisiera venir a gobernarnos, así que se propuso al propio Agustín para tomar las riendas del país.

Lo que sucedió después bajo la popularidad de Iturbide hasta el suelo: convirtió el movimiento de independencia en un gobierno imperialista mexicano y pasó a llamarse Agustín I.

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Los ya olvidados libros sobre protocolos reales fueron desempolvados; se crearon nuevos y absurdos ritos y etiquetas para darle un nuevo rostro a la continuidad del Estado. El propio Agustín aprovechó para dar una vida de emperatriz a su mujer, Ana María Huarte, mientras que a sus hijos, los nuevos príncipes, se les llenó de mayordomos y lujos absurdos.

En este punto de la historia, apareció Mr. Pinsett, un diplomático estadounidense que llegó a México para “comprar algunas tierras”. Se aprovechó de la división de opiniones en el país para llenar de intriga e injerir en la abdicación de Iturbide.

Finalmente, el hombre al que tantos inspiró, fue obligado a renunciar a su cargo y exiliarse en Europa, con esposa e hijos.

Con la salida de Iturbide Estados Unidos se apropió de Texas, Nuevo México y California. Agustín quiso regresar en 1824 como nuevo salvador de la patria, defensor ante Estados Unidos, pero para su mala suerte se había decretado su fusilamiento.

El 19 de julio de 1824, con 41 años de edad y de rodillas, fue fusilado en Padilla, Tamaulipas.

Los historiadores oficiales se encargaron de tirar su papel como libertador, lo borraron del Himno Nacional y no permitieron que ni su estatua ni sus restos fueran depositados en el Monumento de la Independencia. Su nombre tampoco es mencionado en las ceremonias del 15 de septiembre.

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