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Las 6 mujeres de Enrique VIII

Si se tratase de elegir al monarca más excéntrico, singular, célebre y enigmático de todos, el voto de muchos de nosotros sería para Enrique VIII. Y es que no sólo nos encantan las películas que hablan sobre su vida, las series de televisión, obras teatrales y libros que relatan sus gustos excéntricos y su galería de esposas. Todo cuento y toda historia lo retratan como un verdadero macho, guapo, simpático, poderoso y decidido, corpulento y tremendamente inteligente.

De todos los reyes ingleses, Enrique VIII ejerció el poder más absoluto. Con su cabello rojizo, su uniforme de tenis real o sobre su caballo en temporada de caza, atraía a las damas que desmayaban locas de amor, al hablarles en inglés, francés, castellano, latín o italiano. Todas caían rendidas a sus pies cuando el rey les contaba, en un tono un poco descortés y egoísta, sobre sus viajes, astronomía o religión. Al parecer, las mujeres de antaño no eran tan distintas a las de hoy en día, pues se veían profundamente atraídas por el chico malo del reino. Así pues conozcamos a las débiles y hermosas féminas que rindieron su corazón al Rey del Amor.

Le gustaban “mayores”

Catalina de Aragón: Con tan sólo 12 años de edad, Catalina quedaba viuda de Arturo, hermano de Enrique. Inquieto, el cuñado desposó a la reina viuda a pesar de que ésta era cinco años mayor que él. Catalina pronto se ganó la popularidad de sus súbditos y es considerada la única reina consorte de Inglaterra.

Catalina le dio a Enrique seis hijos, sufrió dos abortos y tres de sus descendientes murieron pocas horas después de nacer. Solamente sobreviviría su hija María Tudor, conocida más tarde como Bloody Mary.

Por supuesto que las constantes infidelidades del rey eran del dominio público en la corte, pero aún muy digna, Catalina llevaba la corona en alto. Enrique se impacientaba por no tener un hijo varón a quien heredar el trono y los años no le hacía más joven, ni a él ni a su mujer. Entonces se apareció a la mitad del camino una de las mujeres más señaladas de la historia, Ana Bolena. Rápidamente, el rey realizó los trámites necesarios para dar velocidad al divorcio. ¿Que la Iglesia no lo permitiría?, qué importa, Enrique podía hacer su propia Iglesia, total que ni le gustaba andar pagando tributos al Papa. Catalina fue enviada al Castillo de Kimbolton donde vivió en oración; murió a los 50 años por causas naturales, aunque al menos no perdió la cabeza como su más grande rival.

La que se casa con el amante, deja libre una vacante, Ana Bolena

No hace falta describir la escena de amor en cámara lenta, al cruzarse por primera vez las miradas de Ana y Enrique. Sus ojos grandes e intensos, boca carnosa, piel castaña, cabello negro y sobre todo, su inteligencia excepcional, eran el combo perfecto para hacer al rey sucumbir ante sus encantos. Era una mujer educada y estudiada y miembro de la corte, pero no se conformaría con ser simplemente su amante.

En cuanto Ana advirtió que tenía grandes posibilidades con el rey, jugó muy bien sus cartas de tal suerte que la antigua reina, quien gracias a su popularidad parecía inamovible, terminaría confinada en una torre, sola, deslucida y divorciada. Enrique y Ana gozaban públicamente de su amor pero como dice el dicho, todo lo que sube tiene que bajar. Ana tampoco había sido capaz de darle un hijo varón pues morían al nacer, su única sobreviviente era una hermosa criaturita, de rojos cabellos como el padre, y a pesar de que éste no le veía mucho futuro, se convertiría en La Reina Elizabeth, una de las monarcas más grandes de todos los tiempos.

Al final, Enrique se cansó de ella. Los pretextos sobraban pues a diferencia de su antecesora, Ana no gozaba de la popularidad ni mucho menos de la buena reputación. Fue acusada de cualquier tipo de actos despreciables, incesto, infidelidad e incluso brujería. Fue enviada a la torre de Londres para esperar pacientemente su condena; en mayo de 1536, vio la luz del día por última vez. Después, el hermoso cuello que alguna vez luciera los más ostentosos collares y bellas piedras preciosas, era atravesado de un tajo  por el filo de la hoja de una espada.

La favorita del Rey, Jane Seymour

Si se hubiera pedido consejo en aquella época, lo mejor que uno podía hacer era no contradecir en absolutamente nada al monarca. Su actitud ya no era la del jovencito que contraía nupcias con la viuda de su hermano y esta vez se trataba de un hombre más bien intolerante. Sin embargo, mucho antes de que Ana perdiera la cabeza, el rey ya se había interesado por una de las damas de la corte de la reina. Se trataba de Jane Seymour una joven descendiente de la nobleza normanda y de familia de abolengo.

Al no darle la reina un heredero varón y encontrarse el rey interesado en un nuevo prospecto, las acusaciones y condenas en contra de Ana se aceleraron. El siguiente día de la muerte de ésta, se comprometieron en matrimonio Jane y Enrique quien decía, no había sentido tanta paz en toda su vida. Jane era de un temperamento más bien parecido al de Catalina. Era reservada pero gustaba decirle a su marido sus opiniones sobre cualquier tema, incluyendo su sentir más bien inclinado a regresar al catolicismo y a la Iglesia de Roma.

Pronto, Jane aprendió a guardar silencio pues el rey a pesar de estar profundamente enamorado, poseía un carácter indescifrable. Lo que sí consiguió la nueva reina fue acercar de nuevo al padre y a sus dos hijastras. María, hija de Catalina, y Jane, se convirtieron pronto en aliadas y se sabe que la reina constantemente ofrecía valiosos regalos a la primogénita. Entonces, Jane quedó embarazada del rey y pronto daría a luz su primer hijo varón; pero la mala higiene de la época causaría a Jane infecciones post parto en una complicada fiebre puerperal y unos días después, la muerte de la reina. Desconsolado, Enrique dijo entonces que Jane era la única mujer que en verdad había amado.

A él no le gustas tanto, Anna de Cleves

Hay que reconocerlo, lo que es, es y lo que no es, no es. Especialmente el amor y la atracción son cosas que no se pueden forzar y ésta es precisamente la mala suerte de Anna de Cleves. Thomas Cromwell, antiguo y gran consejero del rey le sugirió incluso antes de los funerales de la difunta reina, buscar nuevamente esposa y propuso nada menos que a la hija de uno de sus aliados protestantes, una joven alemana que apenas hablaba inglés y que gustaba de la bebida y el juego.

Enrique aceptó pero en ningún momento se sintió atraído hacia ella y alegando que no podía consumar el matrimonio debido a un irremediable rechazo físico, pidió nuevamente la anulación. Ésta vez no había grandes problemas para realizarla y Anna recibió tierras, un ingreso anual, una posición en la corte y pudo conservar el cuello intacto. Sin embargo, Cromwell era precisamente quien sufriría las consecuencias pues perdía el favor y la amistad del monarca.

Chiquita pero picosa, Catalina Howard

Enfurecido el rey por la fealdad de su esposa, las cabezas de toda la corte pendían de un hilo, excepto la de una jovencita en particular. Se trataba de Catalina Howard, prima de Ana Bolena y dama de la fugaz reina quien ya había sido prometida en matrimonio con dos prospectos y al menos con uno de ellos había consumado su amor. Pero si Su Majestad decía que era una doncella inmaculada, doncella inmaculada era. Enrique estaba encantado con su nueva esposa y soñaba con la idea de otro hijo varón, futuro duque de York.

Catalina era joven y despreocupada y recibía alegre los lujosos obsequios del marido. Pero el hombre atleta y corpulento se ha convertido en un gordinflón que no escatima en la comida y la bebida; tiene más de 50 años, padece gota y sus piernas están recubiertas por forúnculos colmados de pus que le causan mucho dolor. No quiere que la dama lo vea en esas condiciones y cuando se enferma, Catalina se queda con poca vigilancia y mucho tiempo libre. Así que pronto comienzan los líos amorosos con su antiguo prometido, Thomas Culpepper.

Al principio la relación extramarital pasa desapercibida ante los ojos del monarca hasta que los rumores llegan a la corte haciendo imposible la negación. La joven acepta sus culpas, el amante también confiesa bajo tortura y son condenados por traición. Catalina recorrería el mismo pasillo en la Torre de Londres que había hecho años antes su prima Ana. A pesar de las esperanzas de obtener el perdón, el corazón del rey es inflexible cuando de traición se trata y de nuevo rueda la cabeza de una reina de Inglaterra.

La que rió al último, Catalina Parr

Nuevamente el rey se encuentra soltero pero en una posición mucho menos aventajada que hacía años. Esta vez no contaba con un escultural físico ni con la promesa de la juventud. Pero además también carecía de un repuesto local para la vacante y ninguna familia extranjera aceptaría dar en matrimonio a sus hijas a semejante esposo. Entonces se empieza a escuchar el nombre de Catalina Parr como candidata al cargo pues a pesar de ser una jovencita, había enviudado ya dos veces.  Se trataba de una mujer dulce y con un nato don de mando.

Frente a sus tres hijos, Catalina contrae matrimonio con Enrique. Forman un matrimonio estable, ella dedicada a la jardinería, la música, la literatura y sobre todo, las carreras de galgos. Además toma bajo su tutela a los tres hijos del rey a quienes trata con mucho cuidado y dedicación. Enrique no mejoraba sus problemas de salud y Catalina lo atendía como enfermera. Al tiempo que el rey empeoraba, la reina se involucraba en temas diplomáticos y protegía a los reformistas.

Catalina se había ganado el cariño incondicional de sus hijastros, quienes la llamaban incluso “queridísima madre”. Ella corregía sus escritos y aleccionaba en sus estudios. Obvio que los enemigos no se hicieron esperar, pero en esta ocasión, el rival era demasiado fuerte, pues hasta el rey dependía de ella para su salud. La mañana del 28 de enero de 1547, a sus 55 años, muere el rey Enrique VIII convirtiendo a su querida esposa en reina viuda.

Eduardo, el primogénito varón heredero del trono era aún un niño, de tal suerte que las funciones de Catalina no cambiarían demasiado dentro de la Corte. Tampoco dejaría de lado su vida amorosa y se sabe que contrajo matrimonio en secreto con su antiguo amor, Thomas Seymour. Los enemigos de la reina la increpaban por el uso de ciertas joyas, problema que sólo se vería acentuado por un embarazo que terminaría con la muerte de la reina.

Qué interesante suele ser la vida. Al final, el hijo que tanto deseó Enrique, el heredero de su corona, el máximo monarca de la nación quien diera a Inglaterra sus mejores años, no fue el varón que le costó la vida a Jane Seymour. Tampoco lo fue su princesa, “su perla” como solía llamar a su primogénita mitad hispana. Fue precisamente la niña, la que alguna vez renegara al nacer, la Reina Elizabeth. Y aunque a todos nos queda claro que este singular soberano compartiera lecho con muchas, muchísimas mujeres, estas seis féminas fueron, para bien o para mal, Las Reinas.

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