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Isaac Newton: el genio que se formó a patadas

Tenía Isaac Newton unos trece años. Cavilaba sobre cómo echar a andar su recién fabricado molino de viento en miniatura, elaborado a imagen y semejanza del que había observado construir cerca de su pueblo en Grantham, región rural de Inglaterra.

Encontrar la solución no era cosa menor. Caminaba a la escuela mientras evaluaba la posibilidad de adiestrar a su pequeño ratoncito para desempeñar la importante labor. En ello estaba, cuando súbitamente le fue arrebatado su hilo de pensamiento para encontrarse con la agresiva presencia de Arthur Storer, el fanfarrón sarcástico y socarrón de la escuela, preparado para asestar una patada en el distraído estómago de Newton.

El comportamiento absorto, callado, retraído e inusual fueron suficiente para motivar la agresión. Esa mañana, el hijo adoptivo del señor Clarke y casero de Newton, le cambió su tradicional insulto “gallina” por el de estúpido.

Para infortunio de Newton, cierto era que estaba muy por detrás de Storer, era en el penúltimo estudiante de toda la Escuela Gratuita Rey Eduardo VI de Gramática de Grantham.

Sin embargo, que Storer se creyera intelectualmente superior, hizo arder el genio de Newton y sus pensamientos sobre molinos de viento, migraron a un pujante sentimiento de venganza.

Con corazón batiente escuchó con especial atención la clase de ese día, versaba sobre el orden universal, respecto del campo terrenal imperfecto y la región celestial perfecta, conclusión a la que había llegado Aristóteles.

Storer representaba una parte de toda la imperfección terrenal de Newton, sus compañeros representaban otro tanto porque no les gustaba, otra imperfección era el odio que tenía para sí, pues gustaba a todos tan poco que incluso su propia madre le había abandonado.

Newton concluyó que Dios era su único amigo y todo lo que necesitaba. Con su ayuda sería capaz de vencer a su abusivo torturador.

Al terminar la clase, Newton salió apresuradamente para encontrarse con su imperfección terrenal. Pronto, el montón bullicioso de estudiantes se arremolinaba alrededor. Nadie voceaba a favor del menudo Newton. Cada vez que Storer acertaba con un gancho, la multitud coreaba pidiendo más. Parecía que Newton ya había recibido suficiente así que Storer se relajó y sonrió victorioso ante sus compañeros.

Dificultosamente, Newton logró ponerse en pie al tiempo en que Storer se retiraba. No iba a otorgar el derecho de ser dominado por el resto de su vida. Así que reunió la fuerza y cuando Storer, alertado por los otros jóvenes, se dio la vuelta, recibió una patada en el estómago y un directo a la nariz. Newton había derramado sangre y eso le dotó de un nuevo vigor. Acto seguido vino un intercambio de golpes, Storer se retiraba creyéndose vencedor pero Newton le enfrentaba de nuevo. Todo terminó con una multitud forzada al silencio. De pronto empezaron a vitorear a Isaac convertido en David que jubiloso había vencido a Goliat.

En los meses que siguieron, Newton prestó atención en clase como nunca lo había hecho, estudió, se preparó, presentó sus deberes en tiempo y respondió correctamente a las preguntas del profesor.

Newton se abrió paso hasta el primer lugar de la clase y finalmente, pudo dar la espalda a todo aquel que se había pensado mejor que él.

Durante las décadas siguientes, su obsesivo deseo de revancha impulsó a Newton a tener una comprensión sin precedentes sobre el universo y por encima de todo, estaría su comprensión de la gravedad y la concepción sobre Dios y los cielos.

 

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