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LSD y la muerte del ego

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Albert Hofmann fue un químico suizo que trabajaba para las Farmacéuticas Sandoz. Mientras estaba experimentando con un estimulante para la sangre a base de los alcaloides localizados en el cornezuelo de centeno, halló LSD-25.

Hofmann ingirió una pequeña dosis de LSD de forma accidental. Al principio, sintió un mareo muy fuerte que no le permitía permanecer de pie, su entorno parecía estar girando y los objetos a su alrededor tomaban formas extrañas.

Después de hacerse una auto examinación médica, Hofmann comprobó que en realidad estaba bien, así que decidió explorar la sustancia y pidió a su asistente que lo acompañara a casa en bicicleta.

El sol y la naturaleza a su alrededor dieron origen al primer “viaje” de LSD de la historia.

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Hofmann declaró lo siguiente:

“En poco tiempo empecé a sufrir de alteraciones en los colores y formas, incluso cuando tenía los ojos cerrados. Las imágenes que surgían se alteraban, explotando y volviéndose a formar, hibridizándose en un flujo constante. Era maravilloso”.

Años después surgió el boom del LSD, principalmente en Estados Unidos; incluso la propia CIA consumió y experimento con esta sustancia.

La droga no sólo era capaz de causar alucinaciones, se había convertido en un arma de doble filo para aquellos que abusaron de ella, pues muchos no pudieron regresar de aquellos “viajes”.

Pero, ¿qué pasa exactamente en el cerebro bajo la influencia del LSD? De alguna manera, la droga hace que la mente se vuelva menos compartimentalizada, casi similar a la de un niño. Libre y sin restricciones.

En condiciones comunes y corrientes, nuestro cerebro, por ejemplo, procesa la información de nuestros ojos en la corteza visual, pero cuando hay LSD de por medio, más áreas contribuyen al procesamiento visual.

Cuando esto sucede, surgen alucinaciones con los ojos cerrados, todo producto de la imaginación del individuo en cuestión.

Las separaciones entre las redes del cerebro, quienes se encargan de realizar funciones específicas, se unifican, dando como resultado una profunda alteración sensorial y de la conciencia misma.

Esta situación también produce que nuestro ego se disuelva, un efecto en donde nuestro sentido del yo se funde con el entorno, eliminando los límites de la individualidad.

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A pesar del concepto de droga y los riesgos que conlleva su abuso, los efectos que tiene el LSD en el cerebro humano son impresionantes, tanto así que muchos investigadores se encuentran buscando aplicaciones para tratar trastornos mentales, como la depresión.

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