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David Lynch: locura creativa

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Amado u odiado, David Lynch es uno de los más grandes cineastas de la historia moderna. Un hombre que más allá de las películas es capaz de pintar, componer música, hacer fotografía e incluso incursionar en trabajos publicitarios.

Uno de los aspectos más destacables dentro de su colección cinematográfica es el diseño sonoro de sus películas, una ventana que se abre de noche y nos hace entrar a otro mundo, digno de haber salido de la mente de Lewis Carroll. Cuando tratamos de seguir al conejo, terminamos totalmente desorientados, pues a Lynch le encanta violentar las normas, o eso es lo que parece.

Por ejemplo, Corazón Salvaje (1990), para muchos puede parecer una extraña y frenética versión de una “road movie”, pero para Lynch no es más que una comedia violenta. Y es que él entiende el cine como un arte abstracto sobre el cual se pueden debatir y trazar conclusiones propias, no importando si son correctas o no, porque probablemente nunca lo sabremos.

A diferencia de otros cineastas, la inspiración de sus películas no proviene de sueños, sino de una idea capaz de enamorar y atraer a otras más hasta formar una especie de residuo con posibilidades cinematográficas.

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Como era de suponer, no a todos agrada y más de un crítico ha perdido los nervios tratando de interpretar o deducir una obra que simplemente no está hecha para ser comprendida.

Las películas de Lynch no son para todos, pero cualquiera que guste de los desafíos, encontrará que la experiencia es similar a probarse unas gafas, que sin saberlo, ayudarán a ver más afinadamente la realidad.

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