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El hombre que tuvo el destino del mundo en sus manos

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En una fría noche de septiembre de 1983 la humanidad tenía los minutos contados. La Guerra Fría alcanzaba su pico máximo de tensión; días antes unos cazas soviéticos habían derribado un avión civil surcoreano, con varios americanos en él. La más ligera provocación habría desatado la Tercera Guerra Mundial o incluso un holocausto nuclear.

 

Mientras tanto en el bunker Serpukhov-15, el Teniente Coronel de Misiles Estratégico del Ejército Ruso, Stanislav Petrov, estaba al mando, supliendo a uno de sus compañeros que se reportaba como enfermo. Su tarea era la de analizar y verificar los datos que proporcionaban los satélites ante un posible ataque nuclear.

 

Todo iba según lo planeado, hasta que cerca de las 12 de la noche los sistemas de seguridad se dispararon, las sirenas comenzaron a sonar y el cuarto se llenó de una luz roja que parpadeaba. En el monitor se mostraba el mensaje de un ataque inminente de un misil. Las instrucciones eran claras ante esta situación, Petrov debía informar a sus superiores para contraatacar el suelo americano, pero él decidió no hacerlo, en su lugar pidió calma a sus hombres y usar la lógica.

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El Teniente pensaba que si Estados Unidos decidía atacar, no lo haría con un sólo misil, ellos tendrían que agredir con mucho más que eso para invalidar un contraataque nuclear. Un minuto más tarde de agobiante tensión en el bunker sonó una segunda alarma con dos nuevos misiles, sus posibilidades de tener razón se agotaban drásticamente pero con mano firme se negó a informar a sus superiores. Al cabo de 5 minutos el sistema de defensa ya contaba 5 misiles en camino.

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Después de 25 minutos de alerta, el sistema volvió a la normalidad. Las sirenas cesaron y las luces rojas se apagaron, la valiente decisión de Stanislav era la correcta. Gracias a su razonamiento había salvado al mundo, pero para ojos de sus superiores esta acción representaba una violación a sus tareas, una negligencia por su parte y una traición a su nación al poner a sus compatriotas en peligro.

 

El ejército decidió jubilarlo anticipadamente con una pensión de 200 dólares al mes. Su historia de valentía permanecería en secreto hasta el colapso de la Unión Soviética. Petrov fue condecorado y homenajeado por la ONU, pero él no se considera un héroe, sólo se remite a contestar “Ese era mi trabajo, pero tuvimos suerte de que fuera yo el del turno de la noche”.

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