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Bienvenidos al Valhalla

“Protégenos, oh, Señor, de la ira de los hombres del norte”.

Vikingos, aquellos feroces guerreros nórdicos originarios de la actual Noruega, Dinamarca y Finlandia; son mundialmente reconocidos por su increíble forma de luchar y su vasto conocimiento marítimo, gracias al cual lograron desembarcar en costas europeas y a debate de muchos historiadores, también suponen que fueron capaces de llegar hasta el continente Americano.

Utilizaron el mar a su favor, desarrollando impresionantes avances en la construcción de barcos ligeros, mismos que después aprovecharían con fines comerciales en lugar de bélicos.

Sus costumbres, tradiciones y mitología siguen captando nuestro interés en tiempos modernos y es que más allá de ser una civilización agresiva, su forma de actuar frente a la guerra fue realmente impresionante, pero sin duda, algo que sorprendió a los pueblos invadidos por los hombres del norte, fue la posición que tenían frente a morir en batalla.

Para los vikingos, la muerte no simbolizaba el fin de la vida de una persona, sino una especie de transición de la vida terrenal a la espiritual, siempre y cuando la muerte fuera de manera honorable o acorde a los códigos de la sociedad vikinga.

Según la mitología nórdica, cuando un guerrero moría en combate,  su espíritu recibía la visita de las bellas valquirias, guerras de Freyja e hijas de Odín, que aparecían cabalgando el lomo de gigantescos caballos alados. Ellas escogían de entre los guerreros caídos y se llevaban únicamente a la mitad sobre sus majestuosos caballos.

Los guerreros viajaban por el puente del arcoíris, Bifröst, hasta llegar a las puertas del Valhalla donde eran recibidos por los hijos de Odín quienes los conducían hasta el trono de éste para que el propio Dios los felicitará y agasajará por su valiente muerte.

Aquellos afortunados guerreros pasaban el resto de la eternidad disfrutando de manjares, hidromiel y recordando los grandiosos combates que vivieron en la tierra.

Las valquirias se encargaban de llevar al resto de guerreros que no encontraban su lugar en el Valhalla al palacio de Freyja, un sitio más bien apacible y de descanso. En el caso de que la causa de muerte fuera por vejez o causas naturales, terminaban en compañía del glorioso Dios del Trueno, Thor.

Caso contrario sucedía con las “muertes no gloriosas”, que similar a la tradición cristiana, eran enviados al Helheim, el hogar de Hela, la Diosa de la muerte y el dragón de hielo, Nidhögg. En dicho lugar, las almas de los condenados pasaban la eternidad entre espesas neblinas y hielo, sin gloría ni recompensas.

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