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De niño a hombre

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La vida de todo ser humano es una escalera que pone a prueba al hombre en diferentes etapas, el tener conciencia de nuestros actos, aprender a hablar o ser independientes. Pero una de las más importantes es cuando un niño se convierte en hombre, cuando deja de ser una responsabilidad para los padres y se transforma en responsable de su propia vida. Para muchos de nosotros, este trance sucede sin mucho reconocimiento y demasiado acné. Pero existen lugares en los que crecer no es cuestión de edad, sino un título que debe ganarse con sangre, a través de rituales que permitan al niño demostrar que está listo para convertirse en hombre.

En Esparta la manera en que un niño se hacía hombre era convertirse en soldado. Su entrenamiento comenzaba a los 7 años, al ser separados de su familia para entrar a un Agoge. Finalmente la preparación terminaba a los 18, con un ritual conocido como Krypteia. El joven, aun considerado un niño, era enviado al campo sólo y con un cuchillo, con la misión de asesinar al mayor número de esclavos. Después de cumplir con la Krypteia, el joven era reconocido como un hombre adulto convertido en guerrero, con la obligación de casarse y servir al estado.

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En la selva amazónica vive una tribu llamada Satere Mawé; ellos, al igual que los antiguos espartanos, deben demostrar su valor para poder ser considerados como hombres de guerra. Los niños de la tribu, a partir de los 12 años, pueden intentar cumplir un ritual que los convertirá en hombres. El rito consiste en meter ambas manos en unos guantes tejidos con hojas, que contienen en su interior cientos de hormigas bala. Se cree que la picadura de sólo uno de estos insectos, es la más dolorosa del mundo. Causa inflamación y un dolor intenso que puede durar hasta 24 horas.

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Los ancianos de la tribu tejen los guantes y utilizan un método para adormecer a las hormigas e introducirlas en las fundas. Los niños y jóvenes deben dejar las manos dentro de los guantes por 10 minutos, mientras permanecen en silencio. En este tiempo además del dolor, la cantidad de veneno que reciben será suficiente para causarles parálisis temporal en ambos brazos y espasmos musculares que durarán varios días.

Este ritual se realiza a lo largo de una temporada en la que los niños deben someterse a esta prueba sabiendo las consecuencias que les esperan, pues lo han visto en sus hermanos mayores. Al terminar el protocolo, los jóvenes se convierten en guerreros y pueden obtener tierras y ganado, bajo la obligación de defender a su pueblo e iniciar su propia familia.

En Kenia, los Masai son también tribu de guerreros; para probar su valor, los niños que buscan convertirse en adultos deben cazar un león adulto. Armado con una lanza y un escudo de piel, el joven Masai debe salir sólo a enfrentar su presa y regresar a la tribu con la cola del león para presentar a los ancianos.

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Como estos existen muchas ceremonias, pero ninguna se asemeja a los que son realizadas por tribus de Papúa, Nueva Guinea.

El primero es el realizado por la tribu Sambia; el ritual inicia cuando el niño es separado de su madre a la edad de 7 años y llevado ante los ancianos de la tribu. Éstos, con el objetivo de purificar su sangre, sostienen al niño contra un árbol e introducen ramas y plantas en la nariz y boca para provocar sangrado. Los ancianos proceden a golpear al niño para hacerlo fuerte, y prepararlo para ser un guerrero. El hecho se repite hasta que el niño alcanza los 20 años y está listo para casarse.

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El segundo es realizado por una tribu Sepik, que se autodenomina el Pueblo Cocodrilo. En su ritual, los jóvenes son llevados a una choza construida por los mayores, a la que sólo pueden entrar los hombres guerreros, los ancianos y los jóvenes que van a ser iniciados.

Al entrar a la tienda, los jóvenes aprenden sobre la historia de su pueblo y escuchan las enseñanzas de los ancianos. Para concluir el rito, los jóvenes deben transformarse en el animal que da nombre a su pueblo. Entonces, los muchachos deben soportar cientos de cortes hechos sobre su espalda, pecho, piernas y brazos, realizados por los adultos quienes utilizan afiladas navajas y ramas de bambú, y recrean un diseño similar al de la piel de los cocodrilos. Después, los cortes son cubiertos con una mezcla de ceniza, aceite y barro para lograr la formación de cicatrices en relieve.

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Los cortes se realizan durante varios días en los que los jóvenes deben soportar el dolor y demostrar su fuerza y valor. Al final, el ritual termina con el relato del joven quien fuera devorado por un cocodrilo, dejando en su lugar a un hombre guerrero.

Las tribus de indios Cherokee, en Norteamérica cuentan con uno muy distinto. Los jóvenes, al alcanzar cierta edad, son llevados al bosque donde deben permanecer toda una noche. El padre lleva a su hijo al lugar indicado, le venda los ojos y lo abandona en la mitad del monte. Durante toda la noche, el muchacho escucha ruidos extraños a su alrededor, pero a pesar del miedo y la incertidumbre, no debe nunca retirarse la venda de los ojos.

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A la mañana siguiente, al sentir los primeros rayos del sol, el joven se despoja de su venda para descubrir a su padre sentado a su lado, quien nunca lo dejó solo y que lo protegía de los peligros. Al regresar, no debe decir nada a los más pequeños quienes deben aprender por sí solos a ser valientes en medio de la oscuridad, a formar una voluntad de hierro sobre la tentación de echar un vistazo, de confiar en su pueblo y descubrir que a pesar de su esfuerzo, lucha y triunfo, su gente estará a su lado para protegerlo.

Existen muchos otros rituales diferentes, en todos se debe demostrar que un niño puede ser un hombre y que está listo para enfrentarse al mundo, defender a su familia y representar a su pueblo. En las tribus africanas y en las grandes ciudades sucede lo mismo. Enfrentamos a nuestros jóvenes ante leones, duros maestros de la vida, situaciones y pruebas.

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Es una batalla muy larga que desprende a un niño de lo que creía, de su madre, de sus sueños, de sus fantasías, de su seguridad, para convertirlo en un hombre que se aferra a sus valores y principios, a su familia, a sus ideales y a su misión, que se transforma en la seguridad de la que después dependerán sus hijos, formando un ciclo interminable de la vida.

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