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Intolerancia a la lactosa

lecheExisten padecimientos gastrointestinales tan comunes que casi se han adaptado al nuevo estilo de vida contemporáneo y han dejado de ser consideradas una enfermedad. No es extraño escuchar de nuestros amigos y familiares males como la gastritis, agruras y acidez, que hacen a nuestro estómago insultar a los alimentos sustanciosos e irritantes que ingerimos todos los días. Pero entre todos los sufrimientos de la barriga, existe uno tan común como irreversible, del cual sus víctimas se ven obligadas a restablecer su rutina diaria, la intolerancia a la lactosa.

¿Cuántas veces has visto un caballo en edad adulta beber leche? ¿Qué tal un elefante o un rinoceronte? La realidad es los seres humanos somos la única especie del reino de los mamíferos que continúa ingiriendo productos lácteos una vez terminada la lactancia y de hecho, durante toda su vida, vamos ni siquiera las vacas. Y el hecho de que el resto de los animales no lo haga, es porque la leche es extremadamente difícil de digerir. Para algunos, el cuerpo no suele ser lo suficientemente resistente a la lactosa, causando síntomas y consecuencias penosas, pero ¿qué es lo que sucede dentro de nuestro cuerpo?

La intolerancia a la lactosa es un padecimiento de las microvellosidades intestinales a causa de la poca o nula producción de la enzima lactasa, o sea la imposibilidad de metabolizar o digerir el azúcar natural de la leche. Estas enzimas son las primeras que un ser humano desarrolla, indispensables para la etapa de lactancia, donde los bebés obtienen el total de los nutrientes en la leche que produce la madre. Pero después, los niños ya son capaces de ingerir otro tipo de alimentos más variados para satisfacer todas sus necesidades.

La intolerancia a la lactosa puede ser permanente o temporal. La permanente está determinada en los genes de los pacientes y es hereditaria. Es la más frecuente en la adultez de las personas, al perder la enzima lactasa. La temporal se refiere a una deficiencia transitoria en el intestino debido a otros padecimientos como los causados por algunos fármacos, malnutrición o infecciones gastrointestinales.  Pero también existe la deficiencia congénita de lactasa, en donde también se impide la producción enzimática, pero sucede desde el nacimiento. Especialistas afirman que se trata de una predisposición genética presente en algunas razas o etnias, que es transmitida de generación en generación.

Los síntomas de la intolerancia a la lactosa son muchos y ocurren regularmente tras la ingesta de alimentos lácteos. Dependiendo del nivel de intolerancia y la cantidad de producto ingerido, los indicios pueden variar en cantidad y magnitud; suele presentarse en forma de diarrea, flatulencias, heces flotantes y fétidas, estreñimiento, dolor al defecar, desnutrición, pérdida de peso, cólicos, distensión abdominal erupciones en la piel entre otras.

A pesar de lo terrible que suena cualquiera de estos síndromes ante la simple ingesta de un delicioso vaso de leche, existen pruebas que diagnostican dicho padecimiento en las personas. Se basan en la medición de la respuesta glucémica ante la ingesta de cierta cantidad de lactosa y durante ciertos períodos de tiempo; exámenes como el de hidrógeno espirado, de acidez de las deposiciones e incluso una biopsia del intestino delgado pueden confirmar el diagnóstico.

Aunque parezca increíble, la intolerancia a la lactosa es considerado un estado normal para la mayoría de los adultos y no es una enfermedad. Las personas que lo padecen suelen encontrar un sustituto que mantenga el consumo de nutrientes, además de que la gran mayoría de las marcas de lácteos comerciales cuentan con productos y líneas deslactosadas.

Si tú lo piensas dos veces antes de probar un delicioso queso, mueres de antojo sin poder saborear el dulce de leche que hizo la abuela y huyes desesperado lejos de estos manjares, entonces haz un ejercicio; mide a prueba y error tu límite de ingesta de lactosa y así podrás manejarlo mucho mejor. Busca productos especiales para intolerancia a la lactosa y comprueba hasta dónde te permite llegar tu cuerpo. Así, la próxima vez que asistas a un cumpleaños sabrás qué tan grande te sirves esa rebanadita de pastel de tres leches.

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