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La ciencia del amor perruno

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Los perros han sido compañeros del hombre por más de 30 mil años. En un principio las jaurías seguían a los grupos nómadas pues resultaba más sencillo esperar las sobras de comida de los humanos que tener que cazar por ellos mismos, en especial en temporadas con climas extremos. Fue hace 15 mil años que el ser humano empezó a domesticarlos y con esto se desarrollaría un vínculo afectuoso tan especial que hoy en día los perros están presentes en el 50% de las casas de familias americanas y en el 33% de las casas europeas.

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Los perros han sido nuestros fieles compañeros y sabemos que nos adoran por la forma en la que mueven su cola al vernos llegar, se sientan encima de nosotros y roban los calcetines del cesto de la ropa sucia. Los científicos de la Universidad de Emory, Atlanta nos lo confirman en un estudio realizado con resonancias magnéticas, midiendo las respuestas cerebrales de los perros ante estímulos externos.

Tomando el olfato canino como base del estudio, doce amiguitos peludos de entre 2 y 7 años fueron expuestos a 5 olores diferentes: un perro extraño, uno conocido, una persona desconocida, una persona cercana y él mismo. Los científicos midieron las respuestas en la parte del núcleo caudado ubicado en la profundidad de los hemisferios cerebrales el cual está altamente relacionado con estímulos positivos y de recompensa.

 

Los científicos descubrieron que, independientemente de la edad, sexo o entrenamiento de los canes, la glándula de recompensa se activa significativamente al identificar olores familiares. Los resultados fueron contundentes quedando en primer lugar el olor de la persona cercana a él, después, el olor de perros familiares, seguido del olor propio. Esta activación del núcleo caudal en el cerebro de los perros sugiere que no sólo pueden diferenciar las esencias, sino que pueden tener asociaciones positivas con ellas dependiendo de la familiaridad que tengan con el individuo.

 

Por otro lado, un estudio realizado por el Hospital General de Massachusetts demuestra que los resultados son muy similares cuando se invierten los papeles, ya que nuestro cerebro activa zonas de emoción, recompensa, apego e interacción social cuando vemos imágenes de nuestros amigos de cuatro patas.

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