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La fallida urbanidad del mexicano

El modelo del ciudadano moderno fue esculpido en acuerdo a valores, actitudes, comportamientos, gestos, etc. durante el siglo XIX. Para ello, se recurrió al uso de manuales de buenas costumbres, o de urbanidad, que contribuyeron a establecer los ideales morales que se debía cultivar en la sociedad.

No fueron otros, sino los grupos hegemónicos del México decimocanónico, los encargados de aprehender y favorecer el florecimiento de recetarios de conducta con amplias nomenclaturas de rigurosas técnicas para dominar comportamientos, temas de conversación, fórmulas de tratamiento, tipos de saludos, etc.

Claro, todo lo anterior, en aras de que tales principios favorecerían la edificación de una sociedad culta, moderna y progresista.

El desarrollo económico contribuyó al afianzamiento de una élite que asumió el papel de “portadora de los valores sociales” que pretendía emular comportamientos y prácticas compartidas en los países modernos.

Y así, de pronto, el culto a lo bello, las formas y el ciudadano modelo, el correcto vestir, comer, conversar y en general, exhibir una vida progresista según los cánones de la urbanidad, alteraron las costumbres de quienes buscaron involucrarse en un determinado nivel de aceptación social.

Cambios de utensilios de mesa y cocina, modas, atuendos, muebles, elementos decorativos y hasta el mismo sentido del gusto, modificaron los hábitos de vida social de manera profunda. ¡Hubieron traducciones de manuales de Francia, considerada como cuna referencial obligada del mundo civilizado!

Aunque los manuales insistían en que no existía necesidad de poseer una fortuna para ser educado y tener comportamientos correctos, los manuales destacaban la importancia del arreglo de la casa, el manejo de los criados, las cabalgatas, cortejo, boda, restaurantes, cafés, teatro, hoteles, regalos, etc. Incluso se presentaban observaciones especiales para las mujeres, más obligadas que los hombres a ser cultas, discretas y modestas.

A nivel gobierno, la aplicación de la moral, implicaba la consumación de un individuo cuyo comportamiento público y privado contribuyera a la nación, mediante su dedicación, esfuerzo en su trabajo, honestidad en los negocios, honorabilidad en sus relaciones sociales, justicia en su trato, virtuosismo en decisiones políticas, responsabilidad de sus acciones, etc.

El lector se preguntará qué fue lo que pasó con ese modelo de idealidad moral, ¿cierto? Pues, sucedió que el prolongado clima de inestabilidad política, militar y económica que dejó la escisión del régimen español, tuvo que ver, en gran medida con la imposibilidad de afianzar la visión moral preparada para la incipiente civilización. Y aunque el porfiriato fue una etapa que enarboló los ideales de orden y progreso, la brutal represión y presencia insistente militar, únicamente logró imponer un fingido clima de tranquilidad social.

La posterior alternancia entre gobiernos liberales y conservadores interpretó a la sociedad desde los principios morales para el funcionamiento colectivo y pese a que la apuesta por lograr autoridades competentes con personas notables y honestas fue realizada, la corrupción, al igual que los tiempos españoles, continuó existiendo.

Así, los manuales de urbanidad funcionaron únicamente para enriquecer la literatura del México que quiso emular a Francia y se quedó a medio paso, tropezando con los eternos problemas intestinos de una nación en ciernes.

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