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Las diabólicas melodías de Niccolò Paganini

El 27 de octubre de 1782, en Génova, nace un músico indiscutiblemente virtuoso. Contaba con tan solo 5 años y había aprendido a tocar la mandolina con su padre, a los siete, el violín y a los nueve realizó su primera aparición en público.

Su padre, un comerciante mal viviente y ambicioso, le dijo: “Niccolò, tú serás el violinista más grande del mundo. ¡De mi cuenta corre!”, y así fue. A base de golpes, el joven Paganini llegó a tocar como pocos lo habían hecho antes.

A los trece años realizó una gira por varias ciudades de Lombardía, cuando cumplió dieciséis ya era un músico reconocido.

La historia nos cuenta que sus presentaciones se realizaban en escenarios iluminados por velas o fuego vivo mientras que desde su poderoso violín, salían notas prodigiosas que parecían encender su entorno en llamas. Esta imagen escénica originaba un macabro baile de luces y sombras que hacían ver su delgada figura aún más afilada e imponente.

Nicolò era un verdadero coloso en escena o al menos así lo veía su público; alto, erguido, con brazos que le parecían llegar hasta las rodillas, de traje deshilachado, muchas veces en jirones, con una larga melena que revoloteaba al ritmo de su arco mientras dibujaba violentas parábolas en el aire.

Entre 1805 y 1813 llegó a ser el director musical en la corte de la hermana de Napoleón, María Anna Elisa Baciocchi. Cuando dejó el cargo inició con giras por Italia y otras ciudades europeas donde se hizo lucir ante respetables compositores que quedaban perplejos con su manera de tocar.

He ahí que surgió el mito. Nadie podía explicar cómo lograba tocar con tal genialidad; sus largos dedos parecían devorar el violín, incluso entre sus manos, éste parecía ser de diminutas proporciones.

Ante tal magnificencia surge la leyenda que Paganini sufriera de una enfermedad genética conocida como “Síndrome de Malfan”, un defecto que provoca el aumento inusual en la longitud de los miembros, pues se estima que sus manos abiertas medían 45 centímetros cada una.

Otros tantos sostienen que su grandeza y aspecto demoníaco, se debía a un supuesto pacto con el diablo. Y otros más atrevidos aseguraron haberlo visto invocar al diablo donde postrándose ante el Maligno, éste repitió un juramento: “Mi alma es tuya, pero a cambio deseo tocar como un ángel”.

Hubo creyentes e incrédulos, pero el mito fue creciendo hasta lograr que la gente enloqueciera y peleara por una oportunidad de oírlo tocar. Desde mendigos y prostitutas hasta la elite culta, compraban sus entradas apenas se anunciaba que tocaría Nicolò Paganini, “El violinista del diablo”, como empezaron a llamarlo. Y aunque era feo como el demonio, su presencia impactaba al punto de hacer caer a las mujeres en arrebatos apasionados.

Así anduvo Paganini, cambiando de cama y mujer hasta contraer sífilis e ingerir una cura a base de mercurio que derivó en muerte por cáncer de garganta.

Tras su muerte el 27 de Mayo de 1840, el mito continuó por lo que el obispo de Niza negó el permiso para su entierro. Su ataúd permaneció varios años en un sótano hasta que 1876 fue permitido celebrar un funeral y sus restos se transfirieron al cementerio en Parma.

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