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Las verdades del incesto (padre/hija)

Del latín incestus, es decir, incasto o no casto, el incesto es la práctica de relaciones sexuales entre individuos muy próximos por consanguinidad, parentesco biológico o consanguíneo. Incestuosas son las relaciones sexuales entre hermanos, madres o padres con sus hijos, entre abuelos y nietos y así todos los ancestros consanguíneos con sus descendientes.

La conciencia de que el incesto es un acto despreciable, traumático y destructivo, es un hecho reciente. Las sociedades han sido reticentes para aceptar esta verdad, a pesar de que cientos de mujeres abusadas sexualmente han transitado, y lo siguen haciendo, por los consultorios psiquiátricos y de psicología.

Frente a los gritos de las sobrevivientes, las denuncias de las organizaciones, una orquestada respuesta social sigue negando la existencia del incesto y sus secuelas, reaccionando con indiferencia. De hecho, las teorías que culpan a las niñas y/o a las madres aún están vigentes.

Perturbación, dolor, rabia e impotencia es lo que resulta del abuso. Generalmente, el incesto inicia entre los 5 – 7 años, donde el padre ofensor ejerce un control totalitario enmarcado por un ambiente de terror, aislamiento con el peso del secreto impuesto. En este ambiente, a la niña se le trata como esclava o prostituta, se le exige aceptar el abuso a cambio de cariño.

La sobreviviente debe cargar con sentimientos de culpa, difíciles de desarticular aún en terapia, prefiriendo pensar que ella es mala. Desconectarse de sus sentimientos, y su cuerpo es tarea frecuente, de tal forma que la mente pueda sobrellevar el dolor que causa el incesto. Así, disfrutar del cuerpo es algo prohibido, convirtiéndose en algo imposible de amar.

El secreto es importante para el ofensor y siempre será la palabra de la niña contra el abusador. Los niños son dependientes de las personas adultas y nadie les prepara para el hecho de ser víctimas de abuso por alguien en quien confían. En el incesto, una persona omnipotente impone su voluntad y ante la vulnerabilidad infantil, su impotencia y debilidad dada su corta edad, la niña guarda silencio.

A veces los niños quieren hablar, pero la sociedad no cree en sus palabras y en las familias, no se habla de estos temas por lo que, la posibilidad de expresar los sentimientos, es anulada por completo.

Los niños no deberían callar sus angustias, por ello, los adultos deben respetar la palabra de los niños y reconocer que, no siempre, el hogar es el lugar más seguro. Hablar con ellos es un hábito que jamás se debe truncar.

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