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El probable desenlace del “putinismo” ruso

Son dos los principales traumas radicales que marcaron la historia de Rusia y de los que salieron victoriosos. Por un lado, la invasión mongola (1237 – 1480) carente de alta cultura, condenando al aislamiento y evitando el contagio del Renacimiento y Reforma Europea. Por otro lado, la revolución comunista de 1917 tras más de setenta años siendo adalid del comunismo y cuarenta como superpotencia militar.

El desesperado anhelo de lograr la europeización moderada, una y otra vez, derivó en medidas represivas y endurecimiento del orden autoritario. ¿Será que el putinismo brinde respuesta a este trauma?

La ideología y sistema político creado por Vladimir Putin, el “putinismo” se caracteriza por ser un Estado híbrido que por un lado, cumple las exigencias de la democracia formal pero por el otro, impide la consolidación de la democracia sustancial.

Instituciones invisibles como el servicio secreto, el control de los medios de comunicación o la permisividad con la corrupción encumbran el poder autoritario personalizado junto con el de las oligarquías económicas.

Desde el 2008, el Kremlin define al Estado como una democracia soberana que intenta por todos los medios reconciliar la democracia occidental y el populismo, es decir, algo irreconciliable.

La popularidad del “putinismo” se debió a la estabilidad económica alcanzada gracias a la subida de precios de los hidrocarburos que, aunque no garantiza el crecimiento regular en el largo plazo, sí le valió la reelección en su mandato. Y es que Putin es concebido como la encarnación del resentimiento y enojo, de los complejos y temores del pueblo ruso y se presenta como la única persona capaz de evitar algo peor aunque no necesariamente mejor.

El putinismo también se destaca por no seguir ninguna ideología en torno al exterior, simplemente aprovecha cualquier fuerza política que provoque divisiones en el bloque occidental. De tal forma que cada conflicto en el exterior, fortalece a Putin.

Así, la supervivencia del putinismo depende de la continuidad de la confrontación con Occidente, de la capacidad de controlar la oposición política y sociedad civil pero más importante, de las sustanciales reformas estructurales de la economía.

Sin embargo, si algo ha aprendido Putin del fracaso de Gorbachov es que uno no debe abordar reformas que amenacen su propio poder, pese al beneficio nacional. Por tanto, lo más probable es que el putinismo, tristemente, tienda a la irremediable agonía sin los cambios radicales que tantos aún esperan.

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