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Hades, Dios de la Muerte

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Cuando de mitología griega se trata, nos fascina leer relatos acerca de grandiosas batallas de Hércules, hazañas de Zeus y los celos de su esposa Hera, y las magnas conquistas de Afrodita. Ellos son parte trascendental de la cultura que nos heredó las bases que hoy conocemos; la belleza, la democracia, el pensamiento y la filosofía. Cada uno, en su historia personal, contiene una cierta dosis de tragedias y victorias, combinadas en relatos que fluctúan entre el bien y el mal. Pero entre ellos, un personaje fue desterrado a las soledades del abismo, El Invisible Hades.

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Hades era el cuarto hijo del Titán Cronos, y Rea, después de Hestia, Deméter y Hera, y Poseidón y Zeus, sus hermanos menores. Tras derrocar a sus padres y tíos, los jóvenes repartieron los reinos a gobernar. Zeus obtuvo el cielo, con una lanza de estruendos, Poseidón los océanos, con su tridente, y Hades el inframundo, el invisible dominio a donde los muertos partían tras su paso por la vida.

Pero ¿quién dice que el amor no llega al inframundo? Pronto, Hades obtendría los afectos de Perséfone, mediante un arrebatado secuestro, al cual ni Zeus pudo intervenir. Aunque no está confirmado, algunos tratados afirman que ambos son los padres de las Erinias, Tisífone, Megara y Alecto.

El reinado de Hades marchaba viento en popa, con su absoluta autoridad y tiranía sobre difuntos, demonios y súbditos. Pero también para los vivos era una sombría pesadilla, pues pasaba la mayor parte de su tiempo en su oscuro reino. Rápidamente se ganaba el desprecio de dioses y mortales, gracias a su personalidad morbosa e inexorable.

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Pero detrás de esa gruesa máscara hostil, severa y despiadada, Hades no era precisamente un dios malvado, aunque tampoco uno justo. Su comisión olímpica en nada le favorecía, pues la constante cercanía con la muerte le hacía cada vez más ruin. Cuando los mortales le oraban, golpeaban con fuerza el suelo para asegurarse que Hades les escuchara. Además, se le ofrecían animales negros en sacrificio, y cada cien años, se celebraban en su honor, los festivales llamados Juegos Seculares.

Al obtener el reino del inframundo, Hades recibió un cetro de dos puntas, tan letal que destruía a todo aquel que se cruzara en su camino. Con él, conducía las almas de los muertos por el lúgubre imperio. Además, poseía un casco, regalo de los cíclopes, que le hacían invisible. Y muy amable Hades, a fin de ganarse las amistades de los demás, prestaba su casco a menudo a dioses y mortales, como Perseo. Y a pesar de ésta cortesía, Hades causaba pavor al ser visto a bordo de su tenebroso carro negro, tirado por cuatro hoscos caballos, claro, eso sin mencionar al perro de tres cabezas sentado al lado de su trono de ébano.

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Por supuesto que, como buen hermano de Zeus, Hades no era precisamente el más fiel de los maridos. Prueba de ello es la hermosa ninfa Mente, perseguida y amada apasionadamente por Hades. Entonces, fueron pillados por Perséfone, que en un ataque de celos golpeó y pisoteó tanto a la amante de su marido, que la convirtió en la planta de menta.

No sabremos si la historia, o mejor dicho, la mitología, ha juzgado mal al dios Hades. Por un lado, es un ser intensamente hostil, hosco, intolerante, impulsivo y cruel. Además, su domicilio no es precisamente paradisíaco. Pero por el otro lado, Hades recibió tal vez la peor carga de entre todas las repartidas. Probablemente deberíamos darle un respiro de vez en cuando pues, ¿A quién le gustaría estar las 24 horas del día, llevando las almas de los muertos hasta su destino?

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