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Juana La Loca

Conocida como Juana la Loca, esta fémina fue reina de Castilla de 1504 a 1555 y de Aragón y Navarra desde 1516 hasta 1555. Su historia se ha llevado a la pantalla chica, grande, al escenario del teatro y a los libros, pues es tal vez una de las majestades más interesantes. Celosa, enfurecida, sospechosa de cualquier mujer, Juana vigilaba intensamente a su marido hasta enloquecer.

Desde pequeña, Juana recibió una esmerada educación propia de una infanta e improbable heredera de Castilla. Juana fue una alumna aventajada en comportamiento religioso, urbanidad, buenas maneras y manejos propios de la corte. A diferencia de Juana, su hermano, don Juan de Aragón, Príncipe de Asturias y de Gerona, comenzó a hacerse cargo de su casa y de posesiones territoriales como entrenamiento en el dominio de su futuro Reino.

Como ya era costumbre en la Europa de aquellos tiempos, Isabel y Fernando negociaron los matrimonios de todos sus hijos con el fin de asegurar sus beneficios  diplomáticos y estratégicos y ofrecieron a Juana para Felipe Archiduque de Austria. A cambio de este enlace, los Reyes Católicos obtenían la mano de la hija de Maximiliano, Margarita de Austria, como esposa para el príncipe Juan.

Juana fue despedida por su madre y hermanos, e inició el viaje hacia la lejana y desconocida tierra flamenca, hogar de su futuro esposo. Aunque no se conocían, se enamoraron locamente desde el instante en que se vieron por primera vez, Felipe aceleró los trámites matrimoniales para poder poseer a su joven novia. No obstante, el soberano pronto perdió el interés en la relación, engendrando en Juana unos celos enfermizos.

Al poco tiempo llegaron los hijos, que agudizaron los celos de Juana. En 1498 nació su primogénita, Leonor. Juana rondaba a su esposo todo el tiempo pese al avanzado estado de gestación de su segundo embarazo, del que nacería Carlos, en 1500. Al año siguiente, nació Isabel.

Juana esperaba su cuarto hijo; su estado mental empeoraba y a sus celos daba rienda suelta por lo que su madre le pidió que regresara a Castilla. Dio a luz a Fernando en 1503 y después de algunos problemas políticos, a María su quinta hija.

En el año de 1506 muere su querido Felipe I el Hermoso, supuestamente envenenado, y entonces aumentan los rumores sobre el estado de locura de Juana. Después de su muerte en 1507, Juana da a luz a su sexto hijo, póstumo de su marido, una niña bautizada con el nombre de Catalina.

Las habladurías sobre la demencia de la reina seguían aumentando. Ella se negaba a cambiarse de ropa y lavarse, hasta que finalmente su padre decidió encerrarla en Tordesillas. Estuvo forzosamente recluida durante 46 años y siempre vestida de negro, con la única compañía de su última hija, Catalina. Nunca más se le permitió salir del palacio, y sólo podía visitar la tumba de su esposo a escasa distancia y con extrema vigilancia.

Entonces sucedió el incendio de Medina del Campo, y muchas ciudades se sumaron a la causa comunera. Los vecinos de Tordesillas asaltaron el Palacio de la reina obligando al marqués de Denia a aceptar que una comisión de los asaltantes hablara con doña Juana. Entonces se enteró la reina de la muerte de su padre y de los acontecimientos que se habían producido en Castilla desde ese momento.

Días más tarde Juan de Padilla se entrevistó con ella, explicándole que la Junta de Ávila se proponía acabar con los abusos cometidos por los flamencos y proteger a la reina de Castilla, devolviéndole el poder que le había sido arrebatado, si es que ella lo deseaba.

Entonces, el objetivo de los comuneros sería demostrar que doña Juana no estaba loca y que todo había sido una intriga para apartarla del poder. Así, la reina, además de con sus palabras, avaló con su firma los acuerdos que se fueran tomando.

Tras estos cambios, se murmuraba que doña Juana era otra, pues se interesaba por las cosas, salía, conversaba, cuidaba de su personal y, por si fuera poco, pronunciaba unas atinadas y elocuentes palabras ante los procuradores de la Junta. No obstante necesitaban algo más que palabras de la reina, necesitaba documentos, la firma real para validar sus actuaciones.

Juana volvió a ser una reina cautiva, como aseguraba su hija Catalina. La vida de doña Juana se deterioró progresivamente, sobre todo cuando su hija menor, que procuró protegerla frente al despótico trato del marqués de Denia, tuvo que abandonarla para contraer matrimonio con el rey de Portugal.

Desde ese momento los episodios depresivos se sucedieron cada vez con más intensidad. De su apatía apenas la sacaban las visitas de su hijo el emperador, o de sus nietos. En sus últimos años, a los males mentales se unían los físicos, teniendo grandes dificultades en las piernas, que finalmente se paralizaron, hasta culminar con su muerte a los 75 años de edad.

La figura de la reina Juana fue muy atractiva para el romanticismo, pues reunía una serie de características muy particulares. En ese tiempo se apreciaba la pasión arrebatadora de un amor no correspondido, la locura por desamor y los celos desmedidos. Pero la melancolía y los trastornos depresivos severos la llevaron a tener una vida obscura, sin poder y sin amor, una vida verdaderamente loca.

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