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De la mantequilla, mercurio y calor

Medir el calor fue una tarea intensa a la que la humanidad entregó varias y diversas vidas académicas. Antiguamente para afrontar el dilema de cómo medirlo, necesario fue definirlo primero. Los antiguos se gratificaron con su primera conjetura: “El calor es lo que produce la sensación de calor”.

Burdo, ¿cierto? Como fuera había que comprobar que ello no podía ser toda la definición. Así que, colocando la mano derecha en agua fría, se sentiría frío. Colocando la izquierda en agua caliente, se percibe calor. Si posteriormente se colocan ambas manos en agua tibia, la derecha (antes fría) percibirá calor y la izquierda (antes caliente) sentirá frío.

En consecuencia se percibió el flujo de calor que derivó en la segunda hipótesis: “Siempre que el calor fluye hacia nuestro cuerpo, produce sensación de calor; siempre que fluye desde nuestro cuerpo, producirá frío”.

En tal caso, el calor del agua tibia fluye hacia la mano fría generando la percepción de calor, y a la inversa, el calor fluyendo desde la mano caliente hacia el agua tibia, sentirá frío.

Nadie destronó la premisa sino hasta el año 1592 cuando Galileo Galilei inventó el termoscopio. Consistía en una vasija de vidrio con agua y una botella de cuello largo acoplado boca abajo que revelaba los grados de frío y de calor.

En los días fríos, el aire del interior de la botella se contraía provocando una leve succión que incrementaba el nivel del agua por el cuello de la botella. A menor temperatura, más alta la columna era.

Este termómetro invertido generó una nueva teoría respecto del calor para definirlo como: “El calor es lo que origina que la columna de un termómetro cambie de altura”.

Los científicos del siglo XVII se afanaron en perfeccionar el grosero termoscopio de Galileo. Lo cual generó un problema, todo el mundo empleaba escalas diferentes. El colmo quizá se lo llevaron los franceses y su debilidad por la gastronomía ya que ¡utilizaron la escala de la mantequilla! La marca superior correspondía a la temperatura en que se fundía la mantequilla y cuya marca inferior correspondía a la temperatura de una bodega en París, que seguramente, albergaba mantequilla.

Finalmente, en 1714 el poco conocido físico alemán Daniel Gabriel Fahrenheit, utilizaba el mercurio dispuesto en el interior de un bulbo diminuto con larguísimo cuello sellado. Al calentarse, el mercurio rebosaba el bulbo y ascendía por el capilar una distancia proporcional al calor que le aplicaba.

Fahrenheit eligió el mercurio porque éste se expande de manera uniforme al exponerse a temperaturas entre -40 y 626 grados, cualidad relevante tanto como asombrosa. Sin embargo, la marca cero del termómetro correspondía a la temperatura de congelación del agua salada.

Dado que en el mundo hubieron numerosas quejas respecto de la complejidad de tales números, en 1742 Anders Celsius diseñó una escala de temperaturas más sencilla donde el valor 0 correspondía al punto de ebullición del agua y el 100 al del punto de congelación del agua. Como hubieran objeciones, Celsius simplemente invirtió los valores y listo, surgió la conocida escala en grados Celsius.

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