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La Mesa Imperial de Moctezuma (parte 2)

Moctezuma no fue un glotón exagerado sino por el contrario, fue un hombre disciplinado, señalado por los cronistas como hombre de poco comer, no dado a los excesos, un señor digno de una mesa imperial.

Al respecto, Bernal Díaz del Castillo señala:

“Si hacía frío teníanle hecha mucha lumbre de ascuas (brasa roja) de una leña de cortezas de árboles que no hacían humo y el olor de las cortezas que de allí se hacían aquellas ascuas —eran muy olorosas, y por que no le diesen más calor de lo que él quería, delante de él ponían una tabla tipo biombo, labrada con oro (y otras figuras de ídolos), y él sentado en un asentadero bajo blando y la mesa también baja hecha igual que los asentaderos. Ahí le ponían sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos largos de lo mismo, y cuatro mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en unos como a manera de aguamieles hondos que llaman xcicales. “Ponían debajo, para recoger el agua, otras a manera de platos, y otras dos mujeres le traían tortillas, ya que comenzaba a comer echábanle o le colocaban una como puerta de madera muy pintada de oro para que no le viesen comer, y estaban apartadas las cuatro mujeres; y allí se le ponían a su lado cuatro señores grandes viejos de pie con quien Moctezuma de vez en cuando platicaba o les preguntaba cosas… y a cada uno de ellos les regalaba al terminar un plato de aquello que más les había gustado”

Dentro del protocolo culinario, según las crónicas, estaba también una maestresala que le presentaba los platillos. Moctezuma, con una varita, le indicaba el que más le apetecía. Las vajillas se utilizaban una sola vez.

“Eran de barro de Cholula colorado y negro y los más de trescientos platillos iban colocados en braserillos individuales cargados por jóvenes indígenas de la nobleza.

“En la sala y detrás del biombo, permanecían en silencio los sacerdotes, los jueces, los ministros y guardias allí reunidos (sin hablar). Algunas veces, cuando Moctezuma estaba de vena, escuchaba música, y una especie de bufones —indios corcovados, feos, deformes porque eran chicos de cuerpo, chocarreros y truhanes que le hacían gracias— le bailaban y le cantaban. Y al finalizar de comer, volvían las damas y alzaban los manteles y le daban agua para lavarse las manos, despedía a los cuatro grandes señores y, después de fumar su pipa, se quedaba reposando. Luego que había terminado se distribuían los alimentos sobrantes entre todos los miembros de la corte y de sus guardias que según los cronistas eran más de mil. Esto era el protocolo”.

“…su manera de servicio era muy grande como príncipe muy poderoso —según su decir— henchían toda la sala en hileras; las aves cocinadas de las más diversas maneras, cocidas, asadas o bien guisadas; otra hilera de empanadas muy grandes, o sea, eran las diversas variedades de tamales que también eran de aves, gallos y gallinas. Otra hilera de codornices y palomas también ocupaba su lugar; los pescados de río y de la mar de todas las especies; cazuela con chile verde; cazuelas de mole verde, rojo, amarillo y negro; pipianes verde y rojo; barbacoa de aves, de jabalíes y de perros tepezcuintli y techiches; cazuelas de gusanos de maguey y escamoles y otros insectos como chapulines y langostas; guisos de nopales, quelites, verdolagas; huevos cocidos de aves, codornices, gallinas, palomas y guajolotes.

“También tenían su lugar las ranas, los ajolotes y toda una rica variedad de tortillas que mucho agradaron a los conquistadores. Les servían también toda clase de frutas locales y de todas las regiones. Capítulo especial era el de la variedad de postres, entre los que mencionamos: elotes endulzados con mieles, capulines, miel de abeja, caña de maíz; frutas: mamey, zapote negro, zapote blanco, chicozapote, chirimoya, pitayas, tejocotes, capulines y tunas”

El refinamiento de la gran cocina de Moctezuma era sólo el reflejo de una tradición de su pueblo y de un alto grado de cultura y calidad espiritual. Ésta, junto con el resto de las manifestaciones culturales, denotaban una civilización integrada con identidad y carácter de fuerza que, tras el paso de los siglos, aún ahora rezuma entre los mexicanos.

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