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La Reina de Saba

De la reina de Saba no se sabría nada de no ser por la Biblia, el Corán y la tradición etíope. En el relato del Antiguo Testamento, la reina no tiene nombre, sino que se le identifica por el lugar del que procede:

Llegó a la reina de Saba la fama que para la gloria de Yavé tenía Salomón, y vino para probarle con enigmas. Llegó a Jerusalén con muy numeroso séquito y con camellos cargados de aromas, de oro en gran cantidad y de piedras preciosas. Vino a Salomón y le propuso cuanto pudo proponerle; a todas sus preguntas contestó Salomón, sin que hubiera nada que el rey no pudiera explicarle. La reina de Saba, al ver la sabiduría de Salomón […] dijo al rey: “Verdad es cuanto en mi tierra me dijeron de tus cosas y de tu sabiduría. Yo no lo creía […] Pero cuanto me dijeron no es ni la mitad. Tienes más sabiduría y prosperidad que la fama que a mi me había llegado.

Es justamente la tradición etíope que identifica a la reina de Saba con el nombre de Makeda, aunque la tradición musulmana indica que su verdadero nombre fue Bilqis. En todo caso, posterior al encuentro con el rey Salomón, la reina de Saba protagonizó uno de los romances más conocidos del mundo antiguo.

Se dice que la visita de Bilqis a Salomón fue tan suntuosa como enigmática y debió haberlo sido, pues a pesar de las mil mujeres que integraban el harén del hijo de David, Salomón mostró el deseo de contraer nupcias con Bilqis.

La reina, después de agasajar a su pretendiente con unos 20 talentos de oro, multitud de plantas aromáticas como no las hubo nunca más después, y otros lujos riquísimos, accedió desposarse con el rey Salomón y perder la virginidad, lo que fuera quizá, el tesoro más preciado del que Bilqis hacía gala como signo de pureza.

De dicho matrimonio nació Menelik, fundador de la dinastía etíope quien a sus 22 años, quiso conocer a su padre. Su semblante, tan parecido al de su abuelo, el rey David, le valió ser recibido con sendas muestras de afecto. Salomón deseaba que Menelik se quedara en Judea pero nada logró realizar el sueño de su padre.

Por el contrario, Menelik se llevó consigo un tesoro inestimable del templo, el Arca de la Alanza. Esta pieza sagrada sería la piedra angular del futuro imperio que pretendía instaurar entre Asia y África.

Sea como fuere, el amor entre los amantes perduró a pesar de la distancia y tras la muerte de Bilqis, el apesadumbrado esposo le rindió homenaje ordenando embalsamar su cadáver a la usanza sabea para luego ser depositado en un féretro de madera de canelo, recubierto en oro, marfil y cristal.

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