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Los caballos más famosos de la historia

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De entre los seres que han acompañado al ser humano en su travesía por la historia, han existido todo tipo de nobles criaturas, con características tan fantásticas que se convierten en cómplices y compañeros nuestros. Pero entre todas las criaturas domésticas, perros, bueyes, aves, existe un mamífero herbívoro que llegó a la tierra hace más de 55 millones de años, el caballo.

Originalmente, su tamaño era significativamente más pequeño al que conocemos hoy en día al igual que su aspecto físico. Los hallazgos de algunos fósiles sugieren incluso que podían parecerse a un perro pequeño. Evolucionaron rápidamente, aumentando su tamaño y cambiando sus estructuras; perdieron los dedos de las patas para transformarlos en cascos que les permitieran huir de sus depredadores.

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Entonces, conoció al hombre e iniciaron ambos una relación que duraría para toda la eternidad. Su estructura, su porte, sus colores, su presencia imponente y su misticismo, lo harían partícipe de las aventuras de grandes héroes en grandes batallas, símbolo de victoria, lucha y poder. Y tal como sucediera con personajes destacados en nuestros libros de historia, destacaron también magníficos corceles, ejemplo de lucha y de valor.

Conozcamos a los célebres equinos compañeros de los más grandes héroes de la historia.

Caballo de Troya

Fue un artilugio con la forma de un enorme caballo de madera, que fue usado por los griegos como una estrategia para introducirse en la ciudad fortificada de Troya, una idea brillante de Ulises al darse cuenta que perdían la épica batalla en que recuperarían a la escurridiza Helena.

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Por lo general, el caballo de Troya es considerado una creación legendaria aunque se ha debatido si realmente pudiera haber existido y fuera una máquina de guerra transfigurada por la fantasía de los cronistas. De cualquier manera, demostró ser un fértil motivo tanto literario como artístico, y desde la Antigüedad ha sido reproducido en innumerables poemas, novelas, pinturas, esculturas, monumentos, películas y otros medios.

Dentro de la mitología griega Pegaso era un caballo alado que nació de la sangre derramada por Medusa cuando Perseo le cortó la cabeza. Suele representarse en blanco o negro y tiene dos alas que le permiten volar. Una característica de su vuelo es que cuando lo realizaba, movía las patas como si en realidad estuviera corriendo por el aire.

Según las fuentes clásicas, Perseo no volaba montando a Pegaso, puesto que lo hacía gracias a unas sandalias aladas. Sin embargo, muchos artistas renacentistas lo representaron volando en este caballo.

Rocinante

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Así era el nombre del caballo de Don Quijote. Su amo tardó cuatro días en pensar e imaginar el nombre que le pondría, y después de algunas tachaduras y  borrones, finalmente llegó a su mente el nombre de Rocinante, a su parecer sonoro y significativo. Don Quijote lo describió como “mejor montura que los famosos Babieca, Cid y Bucéfalo”. Rocinante fue el fiel compañero del manchego Don Quijote y Sancho Panza, presente en las aventuras hacia los molinos de viento, peligrosos riscos y por supuesto, en la búsqueda de la hermosa Dulcinea. 

Babieca

El legendario caballo atribuido al noble Rodrigo Díaz, mejor conocido como El Cid Campeador, quien llegó a dominar prácticamente todo el oriente de la Península Ibérica a finales del siglo XI.

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En el siglo XII se documentó la tradición que explicó el nombre del caballo aparecido en el Cantar del Mío Cid, a partir del significado que entonces tenía el término Babieca, que expresaba tonto o necio. Con dicho símbolo se creó la leyenda explicativa del nombre.   

Según la Leyenda de Cardeña, Babieca fue el caballo sobre el que la esposa del Cid montó su cadáver para hacer creer a sus enemigos que seguía con vida. Después, Babieca no volvió a ser montado jamás y murió dos años más tarde a la edad de cuarenta años. Según la tradición, fue enterrado en algún lugar del Monasterio de San Pedro de Cardeña.

Bucéfalo

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Ese fue el nombre del caballo de Alejandro Magno, posiblemente el más famoso de la antigüedad. Bucéfalo fue el leal corcel de Alejandro desde los 9 años de edad. Según narra la leyenda, cuando fue presentado entre otros ejemplares ante el rey Filipo II de Macedonia para que los comprara, el caballo comenzó a comportarse tosco y salvaje, relinchando y lanzando coces por doquier, sin que nadie lograra someterlo. Sólo el joven Alejandro logró montar al caballo, al darse cuenta que el potrillo recelaba de su propia sombra. Alejandro giró la cabeza del caballo hacia el sol, cegándole y subiéndose de un solo gesto a su lomo. Este es el momento que haría pronunciar a su padre la célebre frase: “Hijo, búscate un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti.” Se dice que desde entonces Bucéfalo sólo se dejaba montar por Alejandro.

 

Marengo

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Es el nombre de uno de los caballos de Napoleón Bonaparte y el más famoso de todos ellos. Era una criatura de constitución fuerte, pero de pequeña alzada, no mayor de 1,45m, de raza árabe. Se dice que el nombre de Marengo fue puesto por Napoleón a su caballo en honor a una de sus primeras grandes victorias, la batalla de Marengo en el norte de Italia. Su esqueleto se encuentra en el National Army Museum en Chelsea.

Lazlos

Fue el primer caballo de Mahoma y su preferido. De raza árabe, su  nombre significa “caballo del desierto”. Se dice que le fue regalado al profeta del Islam, quien sobre sus lomos entró en la Meca cuando sus fieles la tomaron en el año 630. A pesar del cariño que le tenía a su caballo, Mahoma no abandonó nunca a su viejo camello Al-Qaswa.

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Así, vieron pasar la historia los más excelentes caballos. El Siete Leguas con Pancho Villa, As de Oros con Emiliano Zapata, o Janto y Balio con Aquiles, son mudos testigos de lo que sucedió en el campo de batalla, en el cuarto de guerra, en las trincheras y en los palacios. Son confidentes de los secretos más profundos de los corazones de nuestros ídolos. Y aunque no pueden hablar, han sabido comunicarse con el hombre y aceptado su compañía. Tendíamos que ser poseedores de tanta suerte para conocer un ejemplar tan excelso que pudiera compararse con los antes mencionados; no sería el más veloz, no el más fuerte, no el más hermoso, sino el más grandioso de todos.

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