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Nace la fuerza eléctrica

Los filósofos antiguos se habían hecho de su propio guía trinitario: electricidad, magnetismo y fuerza gravitatoria. Tres fuerzas que por siempre habían regido la creación del universo.

Todo filósofo respetado, no podía distraerse en cosas menores aunque, 600 años antes del cristianismo Tales de Mileto había observado que la piedra de imán atraía limadura de hierro, asimismo, el ámbar al frotarlo con lana, atraía briznas de paja. Sin embargo, la tierra atraía objetos de todo tipo y no se podía competir contra eso. La gravedad estaba en todas partes y no así el imán o el ámbar que eran meras curiosidades.

Durante siglos persistió el menosprecio hacia los misterios de menor importancia hasta que en 1581, un médico inglés, William Gilbert, se pasó frotando con lana, seda y piel todo aquello que encontraba a su alcance. Se llegó a dudar de su salud mental pero al final, el buen doctor descubrió algo auténticamente asombroso.

Gilbert había sido capaz de obtener la fuerza del ámbar que Tales había descrito, frotando diamantes, azufre, cera fundida y muchas otras sustancias, además de ámbar. La fuerza atraía no solo partículas y paja sino también, todos los metales, maderas, hojas, pierdas, tierras y hasta agua y aceite; es decir, todo aquello que es sometido a nuestros sentidos o es sólido.

Dado que la fuerza del ámbar parecía ser casi tan universal como la gravedad, Gilbert decidió que merecía la pena asignarle un nombre propio. Este fenómeno fue bautizado como fuerza eléctrica, partiendo de la palabra griega electrón que significa ámbar.

Y bien, aunque Gilbert no fue el primero en denominar el fenómeno de la fuerza magnética de la piedra imán, sí fue el primero en descubrir que los dos extremos de un imán siempre se comportaban de manera distinta, por ello, los llamó polo norte y polo sur. A raíz de esto, Gilbert se preguntó si por el comportamiento de los polos la aguja magnética de la brújula siempre apuntaba al norte.

Los antiguos consideraban que las brújulas tenían tal comportamiento debido a que eran atraídas por la estrella Polar o bien, por una cierta montaña rebosante de piedra imán que estaba en el Ártico. Pero, después de reflexionar, Gilbert concluyó que ¡la tierra entera era un imán con sus dos polos!

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