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El Príncipe de los Apóstoles

Vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón tomó la palabra y dijo: “Tú gres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le respondió: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”. Mateo XVI, 15-19

 

Aunque su vida, posterior a la muerte del amado Jesús, es una verdadera incógnita y representa un inmenso desafío tanto para historiadores, arqueólogos y teólogos, su desconocida trayectoria en el después de Cristo, marcó el inicio de la trayectoria de la Iglesia de Roma.

Su nombre era Simón Bar Jonah, es decir, Simón hijo de Jonah. Nació en la población de Bethsaida, a orillas del lago Tiberíades, en Galilea. Tras la muerte de Jesús, después del miedo y desconcierto, Pedro y el resto de los apóstoles se reunieron en Jerusalén para esperar el regreso de su maestro y poder predicar la resurrección del denominado Cristo.

Documentados están los viajes que realizó por Palestina, la visita a Antioquía donde se cuenta, ejerció como primer obispo de la ciudad. En Hechos de los Apóstoles se le menciona por última vez cuando es encerrado en la cárcel de Jerusalén y por intervención divina, es liberado. A partir de ese momento, fechado en el año 44 d. C., el apóstol favorito de Jesús se desvanece en la historia sin dejar rastro.

Si hoy nos preguntáramos sobre la muerte de San Pedro y su último lugar de descanso, la cultura popular indicaría que el apóstol murió martirizado en Roma, donde descansan sus reliquias, justo ahí donde hoy se levanta la majestuosa Basílica de San Pedro en el Vaticano.

Este relato se ha transmitido desde el S. II, donde San Pedro llega a Roma en tiempos de Nerón y es martirizado en el año 64 d.C. Pedro, indigno de morir como su maestro, pidió ser crucificado con la cabeza hacia abajo.

Sin embargo, según Javier García Blanco, autor de Historia oculta de los Papas, no existe prueba alguna que demuestre que Pedro visitó Roma en algún momento de su vida. Por tanto, menos evidencias existen aún de que muriera y fuera enterrado ahí.

Cierto es que desde finales del S II ya existía una tradición bien asentada entre los cristianos sobre la presencia del pescador de Galilea en la capital del Imperio Romano, donde posteriormente, Constantino erigiría una basílica en su honor, sobre su supuesta tumba.

El papa Pío XII, en 1939, nombró un equipo de estudio con la encomienda de realizar excavaciones arqueológicas bajo los cimientos de San Pedro a fin de resolver el enigma. Tras lo cual, se confirmó la existencia de una necrópolis del S I d. C. Bajo el suelo de la basílica. También se encontraron nichos paganos y algunas de las primeras tumbas de fieles cristianos.

Fue durante 1953 durante una segunda investigación, cuando se descubrieron inscripciones en los muros; una de ellas rezaba Petrus em, “Pedro está aquí”. Desgraciadamente, la inscripción mostraba ser datada en el año 150 d. C., por lo que únicamente demostraba la existencia de la creencia de que ahí estaba enterrado Pedro.

Ese mismo año, se supo de una caja de madera que había sido custodiada por monseñor Ludwig Kass, quien fuera colaborador del pontífice Pío XII y estuviera a cargo de la supervisión de la primera investigación arqueológica. Dentro de la caja habían restos óseos pertenecientes a un varón de entre 60 – 70 años mezclados con huesos de otro individuo joven junto los de una oveja, un buey y hasta los de un ratón.

A pesar de la interesante mezcla, ¡las reliquias fueron pasadas por buenas!

Importante para la Iglesia es legitimar el paso de Pedro en Roma ya que de ahí y a partir de él, se desprende una larga sucesión de papas que para el año 180, ya era una importante tradición.

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