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Virgen de Guadalupe: Tres en una (parte dos)

Durante siglos, cuestionar la autenticidad de la Aparición y el milagroso ayate, ha sido la mejor forma de encontrarse son problemas; desde 1566 con el padre Bustamante, quien tuvo que enfrentarse a una investigación tras asegurar que la pintura había sido realizada por el indio Marcos, hasta el padre Sevando Teresa de Mier que, después de calificar la Aparición como “leyenda”, estuvo a punto de ser linchado en pleno siglo XIX.

Así, no es de sorprender que el más grande de los historiadores mexicanos decimocanónicos, Joaquín García Icazbalceta, se hiciera bastante del rogar cuando el arzobispo, a finales del siglo XIX le pidió y ordenó que escribiera del tema. El resultado fue el más célebre de los alegatos anti-aparicionistas con contenido realmente explosivo, al grado que fue solicitado no hacerlo público.

Sin embargo, se han desarrollado investigaciones donde el periodista experto en temas del guadalupanismo, Rodrigo Vera, ha hecho públicas. Así, se afirma que en 1947 y 1973, la pintura de la Virgen fue restaurada por D. José Antonio Flores Gómez quien, en entrevista, afirma:

Una restauración implica pintar las partes dañadas, no toda la imagen, porque eso es ya una repintada, que es otra cosa. De manera que le metí mano a una parte de la túnica. Pero no a las estrellas estampadas en ella porque ya estaban repintadas.” Para la restauración usó pinturas “De agua. Era obligado. Tenía que ser de las disueltas en agua y no en aceite porque son de las que se usaron originalmente. De ahí que se hayan desprendido tan fácilmente.” “Descubrí que la tela no es de ixtle, como se dice, pues el ixtle tiene una trama muy tosca, muy rústica, con un cordel muy grueso. En cambio, la imagen Guadalupana está pintada sobre una trama muy fina, como la que se saca del algodón.” “Antes de mí, otros restauradores ya le habían dado retoques a la imagen. Eso lo noté desde la primera vez que intervine. Y estoy seguro de que otros intervinieron después de mí.

En 1982 D. José Sol Rosales, realizó un estudio técnico de la pintura a petición del abad Schulenburg, preocupado por el evidente deterioro de sufría la imagen, dicho estudio arrojó las siguientes aseveraciones:

La imagen está pintada “sobre una tela de lino y cáñamo” “Tradicionalmente se ha dicho que esta obra está ejecutada sobre el lienzo desnudo; esto es totalmente falso, pues es evidente al examen ocular la presencia de una preparación de color blanco, de un grosor que podría considerarse medio y aplicada irregularmente.” “La pintura es la ejecutada usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple; una de ellas, la usada en manto y ropaje, fue empleada en el S XVI con el nombre de aguazo, deriva de las técnicas en la pintura de las llamadas sargas y presupone el realizar la pintura sobre el lienzo humedecido ligeramente para facilitar la fijación del color.” “El negro seguramente es un negro de humo usado tradicionalmente en todas las épocas… El blanco es, con toda seguridad, sulfato de calcio… Los pigmentos azul y verde son, con mucha probabilidad, óxidos básicos de cobre… Las tierras son óxidos de hierro… Como pigmentos rojos, además del óxido de hierro rojo, se usaba el bermellón, compuesto de azufre y mercurio, y el carmín de la cochinilla mexicana.” “Con un examen ocular, auxiliado de luz rasante y con luces ultravioletas, se detectan diversas áreas de repintes en zonas importantes… También se detectan repintes en el fondo, manto y a lo largo de la unión de los lienzos.

Finalmente en 1999 y a petición del entonces cardenal Rivera Carrera, arzobispo de México, un estudio fue elaborado por Leoncio Garza-Valdés, connotado experto en arqueomicrobiología, la imagen venerada de la Virgen de Guadalupe, el cual, revela que la imagen, en realidad, está conformada por tres figuras superpuestas. Siendo la más antigua, una imagen firmada por Marcos Aquino en 1556.

Según este estudio, bajo la imagen de la Guadalupana, tal como la conocemos, existen otras dos figuras. La más antigua firmada por Marcos Aquino y fechada en 1556. La segunda imagen presenta rasgos más indígenas que la actual y fue pintada en el siglo XVII.

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