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Walt Whitman

Un día como hoy pero de 1819, nace en West Hills, EUA, Walt Whitman. Fue el segundo de los nueve hijos de una familia de escasos recursos por lo que ocasionalmente pasó por la escuela y pronto hubo de trabajar. Primero como maestro itinerante y posteriormente, en una imprenta.

Ahí su afición por el periodismo despertó y le llevó a trabajar en diferentes diarios y revistas de New York. En 1846 logró ser director del Brooklyn Eagle pero su línea proesclavista, lo separa del puesto.

Pronto recibe la oferta en el Crescent de Nueva Orleans. El viaje hacia el sur le abre un panorama de una realidad tan diferente como impactante y por tanto, renuncia al periodismo para entregarse por completo a la escritura.

Hojas de hierba pudo ver la luz hasta 1855, constaba de doce poemas. Pocos ejemplares fueron vendidos y muchos regalados, pero logró impactar a Ralph Waldo Emerson, importante figura en la escena literaria norteamericana, quien le motivó a seguir escribiendo.

Contemporáneo de Allan Poe, Henry David Thoreau y Emily Dickinson quienes se nutrían de las voces europeas, Whitman se lanza en su obsesiva búsqueda de nuevas formas expresivas.

Pionero e innovador que experimentó las posibilidades del verso libre, con lenguaje sencillo y cercano a la prosa, fue víctima del contexto de una sociedad puritana inmersa en los más estrictos convencionalismos sociales donde su obra es totalmente incomprendida valiéndole la crítica de “impiedad libidinosa y audacia fálica”.

Individualismo, relatos de sus propias experiencias, revolucionario de impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia, son los rasgos novedosos de su obra.

Pasarían dos décadas para que el “anciano hermoso como la niebla y con la barba llena de mariposas”, como lo describiera García Lorca, empezara a adquirir la fama trascendental de su tierra y época.

Siembre inmerso en la controvertida crítica, Whitman se dedicó exhaustivamente a defender y explicar sus tendencias literarias.

En Hojas de hierba, libro que corrige y amplía a lo largo de su vida, Whitman huye de la rima, alineación clásica de los versos, expresa lo no dicho sobre el mundo por medio de un lenguaje nuevo, mundano, con frases banales se revela como turbulento, carnal, sensual, desmesurado e infinito.

“Canto sobre mí mismo”, que forma parte de Hojas de hierba, ha sido considerado el poema más lúcido y detallado que se ha escrito sobre la democracia.

Whitman siempre pensó que sus poemas debían leerse como plegarias, que debían cantarse y entonarse.

“Canto sobre mí mismo” consta de 32 cantos, a continuación los primeros tres:

I

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que me muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Se cuál es mi misión y no lo olvidaré;
que nadie lo olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza desenfrenada.

II
Las casas y los aposentos están cargados de perfumes,
los estantes y los armarios están cargados de perfumes.
Aspiro y me complazco en su fragancia,
siento su influjo enervador,
pero me rebelo… Me rebelo y me escapo.
La atmósfera no es un perfume.
No tiene el gusto de las esencias;
es inodora,
está hecha para mi boca
y yo lo absorbo y la adoro como a una novia.
Iré a los repechos donde comienzan los bosques y me desnudaré para gozar enloquecido su contacto.
Me gusta ver el vaho de mi aliento,
las ondas del río,
los hilos de seda que se cruzan entre los árboles,
las horquillas donde descansa la vid.
Me gusta oír los ecos,
los zumbidos, los murmurios de la selva.
Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces
al través de la tierra,
el latido de mi corazón,
la sangre que inunda mis pulmones,
el aire puro que los orea
en inspiraciones y espiraciones amplias.
Me gusta olfatear las hojas verdes
y las hojas secas,
las rocas negruzcas de la playa
y el heno que se apila en los pajares.
Me gusta oír el escándalo de mi voz, forjando palabras que se pierden en los remolinos del viento.
Me gusta besar,
abrazar
y alcanzar el corazón de todos los hombres con mis brazos.
Me gusta ver entre los árboles el juego de luces y de sobras cuando la brisa agita las ramas.
Me gusta sentirme solo entre las multitudes de la ciudad,
en las estepas
y en los flancos de la colina.
Me gusta sentirme fuerte y sano bajo la luna llena
y levantarme cantando alegremente a saludar al sol.
¿Qué creíais?
¿Qué me conformaría con mil hectáreas de tierra nada
más?
¿Pensasteis que toda la tierra sería demasiado para mí?
¿Para qué habéis aprendido a leer si no sabéis ya interpretar mis poemas?
Quédate hoy conmigo,
vive conmigo un día y una noche
y te mostraré el origen de todos los poemas.
Tendrás entonces todo cuanto hay de grande en la Tierra y en el Sol
(existen además millones de soles más allá)
y nada tomarás ya nunca de segunda ni de tercera mano,
ni mirarás más por los ojos de los muertos,
ni te nutrirás con el espectro de los libros.
Tampoco contemplarás el mundo con mis ojos
ni tomarás las cosas de mis manos.
Aprenderás a escuchar en todas direcciones
y dejarás que la esencia del Universo se filtre por tu ser.

III
He oído a unos juglares que hablaban del comienzo
y del fin.
Pero yo no hablo del comienzo y del fin.
Nunca ha habido otro comienzo que éste de ahora,
ni más juventud que ésta
ni mas vejez que ésta;
y nunca habrá más perfección que la que tenemos
ni más cielo
ni más infierno que éste de ahora.
Instinto… instinto… instinto
Instinto siempre procreando el mundo.
De la sombra surgen los iguales que se contradicen y se complementan,
la sustancia que se multiplica…
el sexo siempre,
siempre una malla de identidades y diferencias… y la preñez y el parto siempre.
Inútil es querer perfeccionar.
Esto lo saben ya los doctos y los indoctos.
Firmes,
clavados
ligados,
abrazados al mismo palo,
resistiendo como caballos percherones,
amorosos,
altivos
y eléctricos…
¡yo y este misterio estamos aquí!
Clara y tierna es mi alma.
Y claro y tierno es mi cuerpo:
todo lo que no es mi alma también.
Si falta uno, faltan los dos.
Y lo invisible se prueba por lo visible,
hasta que lo visible se haga invisible y sea probado a su vez.
En todas las edades el mundo ha dispuesto sobre lo bueno y lo malo.
Pero yo que conozco la correspondencia exacta
y la imparcialidad absoluta de las cosas,
no discuto,
me callo
y me voy a bañar al río para admirar mi cuerpo.
Hermoso es cada uno de mis órganos y mis atributos,
y los de otro hombre cualquiera sano y limpio.
No hay en mi cuerpo ni una pulgada vil;
nobles son todos los átomos de mi ser
y ninguno me es más conocido que los otros.
Estoy satisfecho:
veo, danzo, río, canto…
Cuando mi amante y fervoroso camarada, que ha dormido a mi lado toda la noche,
se levanta y se va sigilosamente al amanecer,
dejándome canastas, tapadas con blancos lienzos que llenan y alegran mi casa
con su abundancia, las acepto sin remilgos,
sin preguntar de dónde vienen
y sin ponerme a calcular lo que valen.

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