Home / Hoy Toca / Y luego el sujetador…

Y luego el sujetador…

bra22En el mundo de la moda y el vestir de la mujer, pocas prendas han sido tan polémicas, cuestionadas, amadas y odiadas al mismo tiempo, como el brassier. Lo mismo que a una le hace sentir cómoda, bella y segura, a otra le causa opresión, física y emocional. Sin duda, más que una prenda de vestir, el brassier ha simbolizado y revolucionado en muchos sentidos, la manera en que una mujer viste, piensa y siente.

Su historia relata su propia función en la sociedad, el estatus que quiso alcanzar y sobre todo, el innegable hecho que le hace ser lo que es: la manera en que los caballeros aprecian los encantos femeninos. Ahora sí, como dicen los Hombre G, suéltense el pelo nenas, luego el sujetador y prepárense para conocer la historia de su brassier.

La palabra se origina del francés “brassière” que significa camisetilla; anteriormente se utilizaba una prenda que consistía en una camiseta sujetada por cordones. Sin embargo, para comprenderlo debemos remontarnos muchos siglos atrás. Estudios arqueológicos han hallado prendas íntimas con fines eróticos que resaltaban los senos, que datan del paleolítico. En Creta, las mujeres utilizaban telas que levantaran los senos y así lucirlos desnudos; las griegas utilizaban cintas llamadas “strophium” que reducían el volumen de los pechos. En China, las mujeres de alcurnia utilizaban una pieza que constaba de dos copas sujetadas por tiras y cordones que se ataban por la espalda y se sostenían en los hombros, llamado dudou.

Pero la historia de la dominación del busto femenino no se consolida hasta el siglo XVI, cuando la reina francesa Catalina de Médici, inventara el famosísimo corsé. Éste no sólo realzaba los senos, sino que constreñía de manera inclemente la cintura de quienes lo usaban. Las mujeres de la época morían súbitamente de asfixia, obsesionadas por lucir una figura estrecha y curveada; algunas no tenían en la cintura más de doce centímetros de diámetro. Así, se iniciaron 400 años de una hermosa tortura donde, “la belleza duele”.

Entonces, en 1874 comenzó la liberación femenina cuando la atleta Elizabeth Stuart invitó a las mujeres a quemar los corsés que tanto sufrimiento les habían causado. Sin embargo, tras la fogatada organizada en plena plaza pública, las damas y sus libres pechos se percataron de la urgencia de una alternativa que reemplazara al corsé, que en paz descansaba.

Algunos historiadores atribuyen la creación del brassier a Herminie Cadolle, feminista francesa quien en 1889 diseñó su primer modelo, que consistía en dividir el corsé en dos partes y utilizar la de arriba. Pocos años después, el diseñador Pierre Poiret esbozaba ya los primeros patrones de la prenda sostén, en su taller en París.

Y sin embargo, la medalla de oro, o mejor dicho, el brassier de oro, se lo lleva la estadounidense Mary Phelps Jacobs, conocida como Polly. Una noche de 1914, la poeta y pacifista norteamericana tenía una glamorosa fiesta; después de mucho buscar, como una buena ejemplar del género, Polly había encontrado el vestido ideal para la velada, muy fino y con un revelador escote. Pero la señorita alegaba disgustada, pues no tenía una ropa interior adecuada para usarlo.

Antes muerta que sencilla, Polly estaba decidida a usar aquel vestido y pasó la tarde ideando un plan para resolver el difícil incidente. Entonces tomó dos pañuelos de seda, un listón rosado, hilo y aguja; sin saberlo, Polly cosía el primer brassier como lo conocemos hoy. Falta decir que pasó una noche baile y baile, ríe y ríe y sus pechos, como soldados de la Guardia Real Inglesa, sin moverse.

En fin, al darse cuenta del tesoro que tenía en sus manos se dispuso a hacer historia; instaló un taller, realizó trabajos para miles interesadas en la prenda y más tarde vendió la patente a Warner Brothers de Connecticut en 1,500 dólares. La compañía realizó tal vez uno de los contratos más jugosos de la historia, pues hizo más de 15 millones de dólares durante los siguientes 30 años con la venta del sostén.

Coincidencias de la vida, al tiempo que Polly vendía su negocio, un fenómeno mundial dispararía la comercialización del brassier. Estados Unidos entraba a la Primera Guerra Mundial y el gobierno hacía un llamado a las mujeres para donar sus pesados corsés, y reciclar el metal de las varillas. Más de 28,000 toneladas de acero pasaban de las caderas de las mujeres a las armas de los soldados. Solamente quedaba una alternativa para sujetar el busto, y ésta era el recién nacido brassier.

Al principio, la medida de los brassieres era estándar como los condones y como los ataúdes, hasta que una inmigrante rusa, Ida Rosenthal tuvo la idea de hacerlos a la medida. Ella consideraba las tallas de espalda y el tamaño de los senos, cosa que los hacía mucho más cómodos y atractivos y fundó en 1928 la compañía Maidenform. A partir de 1939 y con la llegada del nylon y las telas sintéticas, el brassier se convertiría en el dueño y señor del busto de las mujeres, desplazando cualquier otra opción.

En los años 60, se dio un nuevo giro en la historia del brassier, pues se convertía en exactamente lo mismo que años antes combatía. Ahora era, al igual que su antecesor el corsé, un símbolo social de opresión femenina. Y además compartieron el mismo destino pues los brassieres de muchas jóvenes hippies también fueron a dar a la hoguera. Éstas reclamaban sus derechos, igualdad y libertad sexual. La costumbre de las feministas por dar rienda suelta al pecho, que hoy todavía adoptan algunas, no era sino una denuncia a la opresión, la conformidad, la servidumbre y los abusos sexuales de los que se sentían víctimas.

Ante estos sucesos, Rosenthal aseguraba que esta tendencia liberal femenina, no suponía el fin de su imperio pues, con verdad decía, “toda persona tiene el derecho a vestirse o a desvestirse, pero después de los 35, la mujer no tiene figura para prescindir del sujetador, el tiempo me favorece”. Vaya que eso es cierto.

En 1967 fue lanzada la primera campaña televisiva que publicitaba el brassier. Asimismo, el cine realizó a la par su aportación popularizando dicha prenda con sensuales actrices y símbolos sexuales como Jane Russell, para quien el controversial Howard Huges hizo diseñar un brassier que empujaba su busto hacia adelante. No hace falta hablar del furor que causó, todas las mujeres querían lucir como Jane y todos los hombres querían que todas las mujeres lucieran como Jane.

A finales de los años 80 se incorporó finalmente el elástico al uso del brassier y así, una cantidad enorme de mejoras. Hoy los hay ligeros, deportivos, sensuales, con relleno para aumentar su volumen, sin tirantes, con tirantes gruesos, de media copa, de copa completa, de algodón, de seda, de nylon, de poliéster, para las abuelitas y para la noche de bodas, de encaje, rojos, negros, azules, blancos, con puntitos y sin ellos.

Hablar del brassier es hablar de glamour, sensualidad, seguridad femenina; es hablar de Victoria´s Secret y de Adriana Lima, de Calvin Klein, Chanel, La Perla, Armani, Versace y Christian Dior. En los cajones de cada hembra del mundo hay un brassier que guarda celosamente, los secretos que hacen mujer a la mujer.

Es asombroso que hace tantos siglos, las damas ya conocían el encanto de sus curvas delanteras y sabían utilizan otras herramientas para favorecerlas. Es sorprendente que la figura torneada de una cintura pequeñita y los dolores y heridas que el corsé causara, fueran más importantes que la vida de muchas de ellas. Y a pesar de la controversia que esta prenda pueda causar, nadie puede negar que el brassier ha permanecido, a través del tiempo, física y emocionalmente en contacto íntimo con las mujeres, inseparable, muy cerquita de su corazón.

Recibe lo mejor de Un día más Culto en tu mail
Suscríbete a nuestro newsletter y recibe nuestro mejor contenido

Dejar un comentario

Desplazar hacia arriba