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Triángulo de las Bermudas: vivir para contarlo

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El famoso Triángulo de las Bermudas está situado entre las Islas Bermudas, Puerto Rico y la ciudad de Miami. Uniendo los tres puntos, su área es de aproximadamente 1.1millones de Km2. Pese al número de historias y teorías que suenan en torno a esta zona, oficialmente, no se le considera como un área de peligro y aunque es cierto que es una zona con un alto índice de accidentes, también es real que en otras regiones se tienen las mismas incidencias.

Sin embargo, existen testimonios de quienes lograron escapar a la fatalidad. Vincent Gaddis autor de “Invisible Horizons”, recopila vivencias como fue el caso de Chuck Wakeley. Este piloto profesional, entrenado como observador certificado de USA y con credibilidad política, cuenta la experiencia de aquella noche de noviembre de 1964 cuando piloteaba para el Sunline Aviation de Miami:

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“El tiempo era muy claro y brillaban las estrellas. A eso de las 9.30 de la noche pasé por el extremo norte de la isla Andros, y pude ver las luces de algunos de los campamentos.

“…me disponía a realizar un vuelo de rutina, cuando, a unos 60 a 90 kilómetros de Andros, mientras me dirigía hacia las Bimini, empecé a notar algo inusual; una especie de resplandor muy débil sobre las alas. Al comienzo pensé que era una ilusión creada por las luces del tablero, que se reflejaban en el plexiglass de las ventanas. Las alas parecían transparentes y pintadas de un azul-verde pálido, en circunstancias en que su color real era blanco brillante.
“Durante unos cinco minutos, este brillo se hizo más intenso. Tanto, que tuve dificultades para leer mis instrumentos. El compás magnético empezó a dar vueltas, lenta pero regularmente. Los señalizadores del combustible, que al despegue indicaban “medio lleno”, ahora apuntaban hacia el “lleno”.

“ El piloto automático electrónico hizo que el avión diera repentinamente un brusco giro hacia la derecha, y tuve que desconectarlo y volar con los controles manuales. No podía confiar en ninguno de los instrumentos electrónicos, puesto que, o habían dejado de funcionar por completo, o se estaban comportando de manera impredecible.

“Muy pronto, el avión entero resplandecía, pero no era un brillo reflejo, sino proveniente del avión mismo. Cuando observé las alas por la ventanilla, recuerdo que ya no sólo tenían un color azul verdoso, sino que además parecían cubiertas de vellos.
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“Ya en aquel momento no podía confiar en mis instrumentos señalizadores del horizonte o la altura, ni en el giroscopio. Y, puesto que era de noche y debía volar con un horizonte artificial, resulta que me quedé sin horizonte alguno. El brillo era tan intenso, que no podía ya ver las estrellas. Entonces, hice lo único que podía hacer: abandoné los mandos y dejé que el avión volara en la dirección que se le antojara. El resplandor fue en aumento, alcanzando un brillante crescendo luminoso y prolongándose alrededor de cinco minutos, para luego disminuir gradualmente.
“En cuanto se disipó aquel extraño brillo, los instrumentos volvieron a funcionar normalmente. Verifiqué todos los circuitos y comprobé que ninguno había estallado. Ninguno de los fusibles se había quemado, y pude comprobar que el equipo funcionaba normalmente, ya que los señalizadores de combustible volvieron a indicar que los tanques estaban llenos hasta la mitad. El compás magnético se estabilizó y mostró que me hallaba sólo algunos grados fuera de mi ruta. Conecté el piloto automático y estaba funcionando normalmente. Antes de aterrizar verifiqué todos los sistemas: velocidad de aterrizaje, flaps y los demás. Todo era normal.
“Cuando empecé a contar mi experiencia a otros pilotos. A algunos les han ocurrido cosas similares, pero no les gusta hablar de ellas.”

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