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Diario de una tragedia, acaso imposible

selva tropical

Raymond Maufrais, fue un explorador francés que en 1950 junto con su perro Bobby, decidió adentrarse en la selva amazónica, lo que actualmente es el Parque amazónico de la Guayana.

No era precisamente un turista sino un viajero que había convivido con los indígenas de la región y conocía la selva… pero no lo suficiente.

Raymond fue víctima de una trágica paradoja de la selva tropical. La selva es un ecosistema rebosante de vida, poblado por una gran variedad y cantidad de seres vivos. Sin embargo, es posible morir de hambre estando en medio de la mayor ensalada de vida que existe en el planeta.

El rastro del explorador trágicamente se desvaneció después de un mes de que se registró su salida. Un indio encontró su equipo y el diario en el que narraba su experiencia.

Raymond maufrais

A continuación, algunos extractos de su diario:


Viernes, 16 de diciembre
 [de 1949]

[…] Estaba hambriento como un lobo. Terminé el hocco [un ave] ahumado, y ahora no tengo nada en absoluto. Todavía estoy hambriento. Oí pájaros, pero no pude ver ninguno. Oí un ruido de huida en el suelo, pero aunque busqué y espié lo mejor que pude, no pude ver nada. Mañana, pensé, estaré muy hambriento.

Domingo, 18 de diciembre

[…] No estoy tan hambriento como sediento y débil. Es terrible y absurdo al mismo tiempo –¡estar tan sediento en el bosque!

Martes, 20 de diciembre

Si a la tarde no he encontrado nada para comer, deberé sacrificar a Bobby, cueste lo que me cueste. Está sufriendo desesperadamente y se está volviendo salvaje. En cualquier caso, es eso o mi muerte.

Le disparé a un pájaro y, providencialmente, lo maté. Tuve que luchar con Bobby por él –Bobby corrió a cogerlo, llegó antes y se puso a comerlo. Lo desplumé, más o menos, saqué sus entrañas y me lo comí crudo, con huesos y todo. Solo dejé el pico y las garras. […] Todavía nada. Estoy extremadamente débil. No he tenido el valor de matar a Bobby.

Domingo, 1 de enero 1950

Labios secos, lengua hinchada, violentos dolores de estómago, un inmenso deseo de masticar algo. Un asaí [el fruto de una palmera] me calma por unos segundos. Palpitaciones. Me falta el aliento. […] Si no como algo mañana, moriré. No creo que tenga siquiera fuerza para cazar más.

Raymond Maufrais3

Martes, 3 de enero

Bobby está enfermo y se está volviendo desagradable. Mi tobillo se ha hinchado. Me siento mal.

Maté a Bobby esta tarde. Tuve la fuerza justa para trocearlo frente al fuego. Me lo comí. A continuación me sentí enfermo: mi estómago oprimido me provocó intensos dolores por la indigestión. De repente me sentí tan solo que me di cuenta de lo que acababa de hacer y comencé a llorar. Estaba enfadado y asqueado conmigo.

Jueves 5 de enero

No he comido nada desde ayer por la mañana, excepto tres pequeños pájaros y tres minúsculos yayas [pececillos] que cogí de milagro y que comí crudos (huesos, entrañas, y todo) para llenar algo mi estómago. Esta tarde salí a cazar: volví sin nada de nuevo. Encontré unas cápsulas de awara [una palmera] y las tosté. En cualquier caso, me rellenaron algo. Pensé en Bobby y me di cuenta de lo necesaria que era su callada compañía. Ahora no hay nadie en el campamento para darme la bienvenida a la tarde. No más ladridos, no más lametones ansiosos… estoy solo. ¡Pobre Bobby!

Viernes 6 de enero

No puedo seguir. Salí de caza toda esta mañana, y volví vacío de nuevo… Nada, nada, nada… El bosque y el río están muertos, completamente vacíos. Siento como si estuviera creciendo en un inmenso desierto que está a punto de devorarme. Me vuelvo más débil cada día. A veces pienso cómo es posible que siga vivo.

¡Ah, qué agotado me siento hoy! ¿Voy a morirme de hambre en este lugar?

Buceé de nuevo en el bosque –mi última esperanza– buceé con intensidad, escarbé en viejos tocones explorando cada hueco, volviendo cada hoja, con la esperanza de encontrar una serpiente, una tortuga, un lagarto –cualquier cosa viva. Me zambullí desnudo, cubierto con pegajosas telas de araña pero, por supuesto, cuando buscas una serpiente para comer nunca encuentras una. Están allí cuando menos te las esperas y no las buscas. Ni una sombra, ni una traza de una en ninguna parte. Tampoco una tortuga, aunque la providencia suele enviarme una en mis días vacíos. Exploré cada pulgada de suelo en el hueco bajo el montículo…

[…]

Ya no tengo hambre, estoy, simplemente, exhausto.

Raymond maufrais (1)

La última anotación de su diario es del 13 de enero, el día en que decidió dejar atrás el bosque y seguir su ruta por el río, “como un anfibio”.

El libro se tituló en francés “Aventures en Guyane. Journal d’un explorateur disparu”, y en inglés “Journey without return”.

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