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Leonardo da Vinci y los cuellos de botella

Leonardo solía pasar largos ratos sentado cerca de las cascadas, arrojando semillas de hierba. Observaba cómo quedaban atrapadas y dibujaba su trayectoria. Fue el primero en ilustrar ese tipo de sutilezas, hasta entonces, invisibles para el mundo.

También observó el comportamiento de los ríos, solía aventar semillas o polvo para seguir su trayectoria. Poco a poco, se fue esclareciendo una revelación trascendental: una corriente de agua siempre fluía más de prisa cuando pasaba por un cuello de botella.

Un cuello de botella que fuera la mitad de ancho que el río normal, el agua pasaría al doble de velocidad, si el cuello era la tercera parte de ancho, el fluido iría tres veces más rápido y así sucesivamente.

Este descubrimiento fue conocido como Ley de la Continuidad. Pero, aunque se refería a un fluido, la ley podía aplicarse a un flujo continuo de… animales, por ejemplo.

Supongamos que somos testigos del ingreso de los animales convocados a abordar el arca de Noé. Ahora imaginemos que en esa arca, las parejas de animales van hombro con hombro por la entrada principal.

Posteriormente, Noé anotaría su llegada en una antecámara para luego ingresar a los animales a sus establos atravesando un pasillo interior de la mitad de ancho que la puerta principal. Los animales tendrían que acceder de uno en uno, éste sería el cuello de botella del arca.

De acuerdo con la Ley de la Continuidad, para que el flujo se mantuviera en movimiento, todos los animales deberían, por tanto, duplicar la velocidad de ingreso al cuello de botella. Entonces, si los animales ingresaran a razón de dos cabezas por segundo, al ingresar al pasillo cuello de botella, estos mismos animales tendrían que acelerar dos veces su paso para ingresar en medio segundo. De no hacerlo así, la procesión irremediablemente, se atascaría.

La próxima vez que te encuentres al volante, puedes pensar en que Da Vinci ya hizo el cálculo por ti. ¡No te atasques, acelera con precaución!

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