WC

Anatómicamente, cada ser humano en edad adulta segrega en promedio, un litro y medio de desechos líquidos y otro poco de sólidos, todos los días. Por instinto animal, grabado incluso en los más impúdicos ejemplares de nuestra especie, el ser humano tiende a alejarse de los territorios donde habita, duerme y come, para realizar sus deyecciones, cuyos olores atraen posibles predadores, y son fuente de enfermedades. No somos los únicos, de hecho una gran cantidad de animales hacen lo mismo a fin de protegerse. Entonces, al florecer las grandes ciudades antiguas, surge con ellas un problema de salubridad en torno a las funciones corporales y un gran reto ¿Dónde depositarlos?

Nos trasladamos en un viaje por el tiempo, más de 4,000 años atrás, hacia una isla en la Grecia Antigua llamada Creta. Ahí, los ciudadanos ya aplicaban una especie de inodoro dentro del palacio real de Cnosos, que constaba de una cisterna, un tazón y un canal de drenaje. Con el tiempo, las tuberías se iban perfeccionando y utilizaban cerámica esmaltada, muy similar a la que manejamos hoy en día, que arrastraba los desechos lejos del domicilio monarca. Sin embargo, fuera de palacio, el sistema de redes era lento y las alcantarillas en los domicilios no existían. Los desechos se recolectaban en contenedores para después ser vertidos hacia la calle, previo aviso similar al “ahí va el agua”.

Al mismo tiempo, en Oriente, el aseo era un tema sustancial. Muchos hogares desde la India, hasta Pakistán, poseían infraestructuras sanitarias privadas, baños públicos y privados, cuyas cañerías se cimentaban con barro cocido y ladrillos. Incluso, los arqueólogos han hallado grifos que controlaban el flujo de agua.

Pasaban los años, y la humanidad se servía de letrinas y rudimentarios sistemas de drenaje que no alcanzaban a ser retirados de las poblaciones, y que causaban tremendos focos de infecciones. En Francia, la situación era ya realmente delicada, pues personas de todas las condiciones sociales y estratos económicos, carecían de cualquier inquietud y pudor para realizar sus necesidades en las calles. Durante el reinado de Carlos V, en 1375, se decretó por ley que todos los propietarios de una residencia, instalaran letrinas dentro de sus zonas, para evitar que las inmundicias siguieran diseminándose en las calles.

El cambio higiénico era inminente, los inventores de nuevas modalidades no se hacían esperar, y todos los días se probaban mecanismos de higiene en las grandes ciudades, que eliminara de una buena vez, este apestoso problema. El poeta inglés John Harington, desarrolló en 1597, un sistema de closet de válvula, instalado en el palacio de la Reina Isabel I, en Richmond.

En 1775, John Cummins pudo patentar un retrete de cisterna, perfeccionado más tarde por Samuel Rosse, con una válvula esférica. Fue tan exitoso el nuevo dispositivo de higiene, que tan sólo unos años después, fue decretada un acta de Salud Pública en Inglaterra, que obligaba a instalarlo en todas las casas que se construyeran. Para 1890, el inodoro ya había dominado todo el territorio europeo.

Entonces, estando en boga el tema de higiene y el nuevo suplemento para el hogar, el retrete, Thomas Crapper, también de nacimiento inglés, instaló sobre la taza, un depósito de agua, con capacidad para unos diez litros. Este depósito se liberaba al tirar de una cadena, adicionada con una palanca exterior. Incluso, añadió a su invento un sifón, que proporcionaba permanentemente de agua a la taza, que quedaba separada por completo de la cisterna. Pero para que funcionara, era necesario beneficiarse de un abastecimiento de agua corriente y sistema de alcantarillado público, que todavía tardaría unos años en llegar.

Bien lo decía, y con mucha razón, Erasmo de Rotterdam, erudito y humanista del siglo XVI, en una de las primeras publicaciones acerca de etiqueta, y un breve tratado sobre normas de conducta para el cuarto de baño y las funciones corporales. En él, advierte que “es descortés saludar a alguien mientras estás orinando o defecando” y en lo referente a las ventosidades, aconseja “disimular con una tos, el explosivo estruendo, sígase la ley de sustituir los pedos por las toses”

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