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Esa noche de Avándaro: pocas ruedas y mucho rock

Pocos meses después de la matanza del Jueves de Corpus y con la mancha del 2 de octubre aún presente, en los días 11 y 12 de septiembre de 1971 se llevó a cabo en México un festival que se volvería parte importante de la historia musical y cultural del país.

El ambiente de la época continuaba influenciado por la contracultura hippie de los 60´s, el movimiento estudiantil seguía fresco y la expresión musical se volvió un catalizador y estandarte de las inquietudes políticas de la juventud. La apariencia rockera era llamativa y un tanto provocadora para las autoridades del país: pantalones acampanados, el cabello muy largo y una jerga que parecía rayar en la “provocación”.

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El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, fue anunciado meses antes, tuvo una duración de dos días y las entradas costaban $25 pesos; asistieron casi 250 mil personas entre adultos y niños. La noticia fue muy bien recibida, “–El aliviane total”, “–Una onda tipo Woodstock”, eran el tipo de conversaciones que se podían escuchar entre los jóvenes.

Los organizadores, juniors y gente adinerada con lazos en común con las altas esferas políticas, televisoras y sociales del país, originalmente organizaron el evento como una carrera de autos y patrocinadores, se pensó que tener una banda para amenizar el evento sería una excelente idea, poco después se confirmaron doce grupos. Jacobo Zabludovsky, sin tener ninguna participación monetaria en el negocio, fue el principal promotor del festival a través de su noticiero 24 Horas.

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Por un pago de cuatro mil pesos por banda, lograron tener a: La Tinta Blanca, Los Dug Dugs, Peace And Love, Three Souls in My Mind, La División del Norte, El Amor, Epílogo, Bandido, Tequila y Los Yaki con Mayita Campos y otros más.

El sábado 11 de septiembre se tenían a miles de personas en las puertas del lugar, buena parte de ellas tenían su boleto en mano, otra parte estaba ansiosa por obtener una entrada, por motivos de logística y seguridad fue necesario abrir el evento y hacerlo libre.

Los “jipitecas” hacían el signo de amor y paz con los dedos y desfilaban a la vista de los lugareños, quienes miraban con cierta curiosidad. “Huele a petate”, comentaban entre ellos.

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Después de un incidente que involucró una camioneta quemada y varios jóvenes lanzando lodo y cobijas mojadas para controlar el fuego, dio inicio el rock.

Los Dug Dug’s con Armando Nava a la cabeza fueron los encargados de inaugurar el festival, se siguieron Epílogo y la División del Norte. La audiencia explotó cuando Tequila, con Marisela Durazo al frente, pusieron pie en el escenario.

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A media noche salió Peace & Love, quienes por sus coros y estribillos “alzados de tono” tuvieron el poder de cortar la transmisión que se hacía para Radio Juventud y también el supuesto material filmado que se tenía.

El festival continuó entre cervezas, nubes de marihuana, amor y paz. Se cuenta que a muchas parejitas se les subió un poco el amor y se desinhibieron totalmente.

Bandido, El Ritual, Los Yaki, Tinta Blanca, El Amor se dieron su espacio en el escenario. Cerca del amanecer nacía la leyenda Three Souls in my Mind, con Alex Lora a la cabeza, quien dedicó la canción Street Fighting Man (de los Rolling Stones) a los jóvenes caídos el 10 de junio a mano de los halcones.

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A pesar de la relevancia del festival fueron dos sucesos los que marcaron la noche de Avándaro en los medios: la chava que se quitó la camiseta o “la encuerada de Avándaro”, un grupo de muchachos que prendieron fuego a una bandera tricolor que tenía el signo de amor y paz en el centro. Ambos hechos fueron satanizados, el primero como un acto pornográfico y el segundo como un terrible agravio a la identidad nacional y símbolos patrios.

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Promiscuos, degenerados, mariguanos, mugrosos, “jipitecas”, imperialistas, traidores a la patria y demás calificativos se dieron a los asistentes al festival y a los mismos músicos. Claro que sí, hubo marihuana, también sexo, alcohol y hasta algo de LSD para los aventurados. A pesar de todo esto la convivencia resultó espectacular y dentro del marco, también fue tranquila.

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Los 40 policías designados al evento estuvieron ocultos bajo el escenario todo el tiempo, impotentes; al otro día se hablaba de muertos, atropellados, robos e intoxicados.

El presidente Echeverría declaro: “Lamentamos y condenamos el fenómeno de Avándaro, pero también nos alienta que en este tipo de actos y espectáculos sólo es partidaria una reducida parte de nuestra población juvenil”.

Tal vez lo más lamentable de la situación fue la “rockofobia” que se desencadeno después de los sucesos, durante la siguiente década se prohibieron muchísimos conciertos en México. Tratando de sobrevivir, las bandas se refugiaron en los hoyos funkies, pero muy pocos lograron seguir.

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