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Borges, un mundo fantástico

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Georgie, como le decían sus amigos y familiares, renunció a ser popular e, ignorando al lector común, se entregó a un estilo donde cupieron muchas maravillas de la literatura antigua y moderna.

Dentro del cosmos de Borges se encuentran temas de naipes de truco, letras de tango, demostraciones matemáticas, Lewis Carroll, Kafka, laberintos cretenses, arrabales porteños, etc. En suma, una mezcla que hace dudar de si la lectura trata de un relato policíaco o bien, sobre Dios y las ocupaciones metafísicas.

Su obra trasciende la literatura para convertirse en un buen referente de la ciencia (matemática, física, de biología, economía, lingüística e incluso, de paleontología) logrando siempre observar la magia del mundo con historias insólitas, juegos de ingenio, finales alternativos a conocidas obras literarias y un gran etc.

No por nada es uno de los autores más destacados del SXX y, aunque complejo, simplemente trasciende, llena el espíritu. No se necesita entenderle sino que basta con dejarse llevar por la fantasía.

Encuentra el placer hacia la lectura con este microcuento de Borges:

Los dos reyes y los dos laberintos

[Cuento. Texto completo.]

Jorge Luis Borges

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FIN

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