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Corazones ausentes

La memoria, en tiempos de conflicto, se vuelve pública y el conservarla, se convierte en obligación social, especialmente la de las personas que sufrieron grandes agravios.

La historia la escriben los vencedores, dicen; y es que son quienes pueden contar lo que otros leerán. Frente a las desapariciones, se considera que los perpetradores ganan al desaparecer a una persona y sus familiares pierden ante la impunidad de un sistema que les tiene como personas vencidas.

Memoria de un Corazón Ausente pretende ganar una batalla en la lucha contra la desaparición, reconociendo que las mujeres, madres, hermanas, esposas, hijas, son quienes han estado frente a la incansable búsqueda. Y contar la historia, es una forma de vencer.

La historia brinda la oportunidad de buscar vida aunque ello abre la posibilidad de localizar a la persona con vida o sin vida. Irónicamente, la búsqueda de vida no se detienen cuando el corazón deja de latir. De alguna manera, aún existe una vida que recuperar al localizar los restos de una persona desaparecida.

A continuación, una de las 12 historias que recoge el libro Memorias de un Corazón Ausente. Historias de Vida, publicado por la fundación Heinrich Böll y coordinado por Jorge Verástegui:

 

Silvia Stephanie Sánchez-Viesca Ortiz

SILVIA ÉLIDA ORTIZ SOLÍS

¿Por qué Silvia Stephanie? Yo realmente le quería poner Jennifer Stephanie, pero los padrinos y el papá se aferraron a que debía llevar mi nombre; tanto, que ni me dejaron opinar. Tengo dos varones mayores, pero ella es mi única mujercita, la pequeña de la casa.

Cuando estaba embarazada, mi esposo y yo no queríamos saber si eran hombres o mujeres; preferíamos aguantarnos hasta que nacieran para enterarnos. Esperarlos es una bendición que Dios nos da a las mujeres. Yo aguardaba un bebé, ya fuera niño o niña, daba lo mismo: el amor de una madre siempre es igual.

Los detalles se dieron más con el papá que con la mamá, pues él tiene puros hermanos varones, así que cuando supo que sería una niña se volvió loco. Siempre ha dicho que si hubiera tenido hermanas, otra historia sería la de su familia. Su hija fue lo más grande que le pudo suceder en la vida. Regaló chocolates a medio mundo, estaba lleno de euforia por su niña, una mujercita.

Seré honesta: a mí me dio mucha alegría, sí, pero al mismo tiempo sentí una gran tristeza porque, como mujer, me acecharon, me molestaron. Dentro de mí no quería una niña; prefería un varoncito… pero bueno, Dios me dio la dicha de tenerla y… he sufrido mucho por ella.

Los varones eran tremendos, pero la niña muy seria. A veces demasiado. No sé por qué, pero era… rara: casi no interactuaba, empezó a crecer y nada más quería estar conmigo. En una ocasión quería una galleta, y me dijo: “Dile a mi papá si puede darme una”. Nada más quería estar conmigo, hablar conmigo, pegarse a mí.

Me preocupaba qué haría ella cuando entrara al kínder, si se adaptaría; gracias a Dios sí pudo. Como estaba acostumbrada a estar con puros niños en la casa, en la escuela se juntaba y jugaba sólo con varones. A sus hermanos y a ella los buscaban mucho sus amigos, eran muy populares.

Quería ser pediatra, pues creía que los niños no pueden comunicar lo que sienten, y eso les causa sufrimiento; según ella, los pediatras ayudaban a que los niños no sufrieran por no poder expresar su dolor. ¡Yo le contestaba que estaba loca! Quizá porque le tengo mucho miedo a las inyecciones y a la sangre y a todo eso. A mí, para que me den un tratamiento, tienen que perseguirme por todo el hospital, ¡lo juro! Una vez traté de asustarla con un video; ella se le quedó viendo así, como sorprendida. “¡No, mamá, no me vas a asustar, yo quiero ser pediatra!”, me dijo. “Los niños no pueden comunicarse y yo los quiero ayudar”.

En la primaria no era una alumna de dieces, sino más bien de calificaciones regulares. Era demasiado introvertida, casi no salía de casa. Les pedía a sus hermanos que la llevaran a las fiestas, pero ellos se negaban, porque creían que si ella los acompañaba no los dejaría bailar.

Disfrutaba dibujar y escuchar música. Le encantaba Britney Spears: hizo un dibujo muy bonito de ella en la pared. No quiso una fiesta de quince años, ¡por tímida! “Imagínate que voy a pasar por el medio de la iglesia y que todos me van a ver… ¡no, gracias! Además, ni bailar sé”. Y era verdad: ni le gustaba, ni sabía.

Sin embargo, apenas se enteró de que Britney Spears vendría a México, me pidió de regalo que la llevara a su concierto. Por supuesto, le dije que sí: “¡Me vas a salir más barata!”, le dije en broma. Nuestros asientos estaban hasta allá, hasta el infinito y más allá, pero le llevé unos binoculares para que pudiera verla mejor. Era tanta su emoción que los apretaba fuerte contra su cara, y le dejaron marcas en los ojos… ¡Ay, no! Me reí todo el día. Ella estaba muy contenta, a pesar de que nos había tocado ver a Britney desde el infinito.

Recuerdo la ocasión en que me pidió acompañarla a inscribirse en un curso para entrar a la universidad en la escuela de medicina. Tuve que negarme, pues necesitaba que ella creciera un poco más: “Allá afuera hay lobos y a usted se la pueden comer, mija. Tiene que despertar, salir adelante”, le dije. Ella me pidió que no la dejara sola, que la apoyara. Por supuesto, le aseguré que nunca la dejaría, pero traté de explicarle que aún tenía mucho por aprender: “Acuérdese que yo no soy eterna”.

Pasaron unos días, hasta que llegó muy feliz a la casa: “¡Ya fui, mamá!”, me dijo muy contenta. Resulta que había ido sola a informarse, y que uno de los doctores encargados la había aceptado sin ningún problema. Venía vuelta loca de la emoción por lo que había logrado por sí misma. A mí también me hizo sentir feliz.

Desde esa vez le pedí que aprendiera a salir sola a la calle, a andarse con cuidado, pero ella siempre dijo que no le gustaba ir sin compañía porque la molestaban. Y es que mi hija llamaba muchísimo la atención. No se parece a mí: yo soy morena y de estatura baja; pero ella es alta –tanto que me usaba para recargarse–, tiene la piel blanca, el cuerpo muy bonito, y su carita… pero qué puedo decir yo, que soy su madre. Pero era precisamente por eso que no le gustaba salir a la calle: “Es que me molestan mucho. Me disgusta salir sola, porque estoy creciendo. No me gusta crecer”.

Alguna vez le pregunté lo que pensaba hacer cuando se casara y me respondió que no lo haría: “¿No me vas a dar nietos?”, le pregunté con preocupación. “Pues mira, mamá, existe la inseminación artificial”, me contestó con seguridad. Decía que no le gustaban los hombres, que eran muy malos.

Vivíamos frente al gimnasio donde entrenaba el Veneno Rubio, un boxeador muy famoso a nivel internacional. Una vez la acompañé a tomar el camión, porque no quería ir sola. Me pidió que la acompañara, pero yo le insistía que fuera sola, pues la parada quedaba frente a la casa. No obstante, me convenció. Al salir juntas me di cuenta de que todos los desgraciados del gimnasio dejaban de hacer sus cosas por ver a mi hija. ¡Si hasta se formaban!… todos, incluido el Veneno Rubio.

Ella nomás se agachaba y se ponía roja, roja. Uno de esos hombres le dijo algunas cosas, y ella seguía agachada y roja, roja. El Rubio le advirtió al otro hombre: “A ella no, a ella la respetas”. Me impactó lo que había hecho, y ella seguía roja, peor que un tomate. Por fin, se subió al camión y se fue a la escuela. Cuando regresó, le eché carilla con el Veneno Rubio.

Mi hija tiene demasiado carácter. Había muchachos que la pretendían. Eso me hizo engordar, pues le regalaban chocolates y yo me los comía todos, porque ella los ignoraba: “Es que si los acepto es darles entrada, mamá”, me contestaba muy tajante. “Ay Dios mío, ¡eres un monstruo!”, le decía. Y es que era muy en serio: un amigo de mis hijos comenzó a pretenderla, y ella le advirtió que si se le declaraba, le retiraría la palabra… y pues el muchacho no hizo caso: fue y se le declaró.

Una vez vi al pobre llore y llore: “Es que su hija ya no me habla”, me dijo muy triste. Así que fui y le pedí a mi hija que no fuera mala y perdonara al muchacho, que no era malo. “Yo le advertí y no entendió. Deja que pase un año, y vemos”. Nos dio mucha risa que le fuera a dar un año sabático al pobre Gabo.

Un día me di cuenta de que no podía ver hacia fuera de mi casa: ¡pues resultó que Gabo colocó una manta enorme, de unos tres metros, en toda la entrada de la casa! “¡FELIZ CUMPLEAÑOS, FANNY!”, decía en letras grandotas. Le llevó chocolates, roles y tamales. Pregunté a mi hija si no pensaba hablarle. “Todavía no pasa el año, mamá”, y hasta que no se cumplió el año completo le volvió a dirigir la palabra. Así de tajante de era.

Honestamente, sí llegué a pensar que era lesbiana. Cuando le pregunté, me aseguró que yo estaba equivocada. A ella le gustaban los hombres, incluso estaba enamorada de uno, pero él tenía novia. “Lo que no me gusta de los hombres –me decía– es cómo tratan a las mujeres”. Ella lo vio de cerca con sus tías, porque sus esposos las golpeaban. Eso no le gustó nada.

Le decía Chaparra o Enana, aunque es mucho más alta que yo. En la casa, su papá y sus hermanos le decían Silvia. Me enteré después que sus amigos en la escuela le decían Fanny. Yo nunca me dirigí así a ella, ni tampoco su papá o sus hermanos.

A muchos los volteaba de cabeza saber lo que le gustaba comer: al llegar de la escuela, se iba directo a la cocina a pelar ajos, muchos ajos, les ponía limón y sal y ¡órale! Bien extraño, pero le encantaba. De lo que yo preparo: la sopa de cebolla, la de elote era su favorita y me la pedía diario; también el volteado de piña y la carne asada, y solíamos pelear por los chocolates y los elotes.

Nosotros nunca fuimos de mucho dinero. Mi esposo siempre intentó hacer todo lo posible por darle a sus hijos lo que querían. De todos, ella era la más coherente, la que mejor entendía la situación. Procuraba no pedir cosas; prefería que estuviéramos juntos, en familia.

Mi esposo y yo hemos tenido problemas, la verdad. Estuvimos separados por una cuestión de faldas. Él fue a hablar con nosotros. Mis hijos lo perdonaron, con la condición de que se portara bien conmigo; ella nomás se le quedaba viendo, después se puso de pie y subió a su cuarto. Corrí detrás de ella y, tajante como es, me dijo: “Si mis hermanos lo perdonan, que lo hagan, pero yo no”. Supongo que al darse cuenta del daño que les hacen a las mujeres, de todas aquellas experiencias, sacó la onda de no querer un hombre en su vida y de la inseminación artificial… ¡ay, no!, yo me muero, pero entiendo su decisión.

Una vez me dijo: “Me invitaron a una fiesta, y pues voy a ir a ver qué se siente. Tú que tanto me insistes que salga, pues lo voy a hacer”. Fueron por ella a la casa y la regresaron, todo correcto y sin problemas. He visto las fotos de esa fiesta y me dan mucha risa. Bromeaba con ella: “¿No que bien tímida, bien reservada?”.

Cuando ella tenía como nueve o diez años, yo daba clases en la escuela que está frente al bosque. Me tocaba ser la encargada de todos los arreglos –supongo que por ser la maestra de dibujo–: del día de la madre, de aquello, de lo otro, de todas esas cosas. Un diez de mayo me sorprendió muchísimo: había terminado la decoración, y tenía que ofrecerle a los familiares refrescos y esto y lo otro. Allí andaba yo, para acá y para allá, y ella pegada a mí… cuando de repente: “Aquí hay una niña que le quiere cantar a su mamá, que anda toda atareada”.

Ni siquiera me di cuenta, hasta que comencé a escuchar una vocecilla muy conocida. Y al percatarme, ¡era Silvia! Mi sorpresa fue tal, pues siempre ha sido muy tímida. Me hizo llorar, la mugrosa. Se le olvidó la canción, pero nos hizo reír a todos, cante y cante con el mariachi. ¡La adoré!

Nuestra conexión era muy fuerte y muy grande; siempre hacía cosas especiales por mí. Un día, mientras lavaba, Silvia y Michelle, mi hijo más chico, comenzaron a molestarme: “¿No lo ves, mamá? ¿No lo ves? ¡Si está enfrente de ti!”. No entendía lo que me querían decir, volteaba para todos lados buscando y no veía nada. De pronto, frente a mí, amarrada de un hilito, comenzó a flotar una cajita; dentro de ella, había un anillo, que entre ella y sus hermanos habían comprado para mí… era detallista, amorosa, protectora.

Durante un tiempo, trabajé como cajera en un autolavado, mientras mantenía mi empleo como maestra en las mañanas. En ocasiones me acompañaban los tres, y hasta se ponían a trabajar. Si faltaban secadores, ellos le entraban… y ahí andaban todos los señores, pidiendo que ella les lavara el carro. Había un cliente en particular que pagaba el servicio más caro, que costaba 80 pesos, ¡y le dejaba 200 de propina! Todos querían hacer equipo con ella, porque se compartían las propinas. Sin embargo, siempre fue humilde, nunca se creyó demasiado. No tenía malicia: si supieran que le rompía las cajetillas al papá.

Definitivamente, tenía una niña sana. Las otras muchachas, sus compañeras, me decían: “Es que era la mensita del grupo. Le contábamos chistes y no los entendía, teníamos que explicarle”. Yo les contestaba: “¡Cómo son malas!”. Aquellas se excusaban con que mi hija no tenía malicia, y en efecto no la tenía, porque casi no salía. Casi todo el día estaba conmigo, escuchando música, jugando juntas, pasándola bien.

Puedo decir con tranquilidad que todo el tiempo le decía que la amaba. Eso me da paz. Silvia es especial, simplemente especial.

Silvia Stephanie Sánchez-Viesca Ortiz fue desaparecida el 5 de noviembre 2004 en Torreón, Coahuila, víctima de sujetos desconocidos.

 

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