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El recuerdo de Chernóbyl

La planta nuclear explotó en 1986 y roció de plutonio enriquecido a varios millones de habitantes y hectáreas del continente europeo. La nube radiactiva tenía aproximadamente el tamaño de Francia y se movía según el capricho del viento.

En Europa, la gente contenía la respiración, estornudar resultaba bastante incómodo, todos preferían el agua embotellada, leche en polvo y coles de Bruselas congeladas antes de la explosión.

Con una población de 10 millones de habitantes, la pequeña Belarús sufrió un cataclismo. Durante los años de guerra, los nazis destruyeron tierras bielorrusas, 619 aldeas con sus pobladores. Después de Chernóbyl, se perdieron 485 aldeas y pueblos; 70 de ellos, enterrados para siempre bajo tierra.

Uno de cuatro bielorrusos murió durante la guerra y uno de cada cinco vivió en territorio contaminado. En las regiones mas afectadas por la catástrofe, la mortalidad ha superado la tasa de natalidad en un 20%.

Debido a las pequeñas pero constantes dosis de radiación, cada año en el país, crece el número de enfermos de cáncer, así como de personas con deficiencias mentales, disfunciones neuro-psicológicas y mutaciones genéticas.

A continuación un extracto del testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko, tomado del libro Voces de Chernóbyl de Svetlana Aleksiévich.

“En medio de la noche oí un ruido. Miré por la ventana. Él mevio: “Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto”.

No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado… El cielo entero… Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar.

Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó: los llamaron a un incendio normal…

A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie.

Lo vi… Estaba hinchado, inflado todo… Casi no tenía ojos… Perdían el sentido sin parar, les pusieron el gota a gota. Los médicos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.

Entre tanto la ciudad se llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras… Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos… Lavaban las calles con un polvo blanco…

Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú…

No recuerdo el viaje. Todo el camino también se me borró de la cabeza…

En el hospital, era una clínica especial de radiología…

Al día siguiente cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-guión, punto-guión… Los médicos lo explicaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que aguanta uno puede que no lo resista otro. Allí donde estaba ellos hasta las paredes reaccionaban al geyger. A la derecha, a la izquierda y en el piso de abajo. Sacaron de allí a todo el mundo, no dejaron a ni un solo paciente… Debajo y encima, nadie…

Viví tres días en casa de unos conocidos en Moscú. …Ahora me admiro de mis conocidos; ellos tenían miedo, por supuesto, no podían no tenerlo, ya corrían todo tipo de rumores, pero, de toro modos, se prestaban a ayudarme: toma todo lo que necesites. ¡Tómalo! ¿Cómo está él? ¿Cómo se encuentran todos? ¿Saldrán con vida? Con vida…

Empezó a cambiar. Cada día me encontraba con un apersona diferente… Las quemaduras salían afuera… Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas… Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo… Las mucosas se caían a capas… Unas películas blancas… El color de la cara, el color del cuerpo… Azul… Rojo… De un gris pardo… Y, sin embargo, todo él era tan mío, ¡tan querido! ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar!…

¡Lo quería! ¡Aún no sabía cómo lo quería! Justo nos habíamos casado… Vamos por la calle. Él me levanta en brazos y se pone a dar vueltas. Y me besa, me besa. Y la gente que pasa, ríe…

El curso clínico de una dolencia radiactiva aguda dura catorce días… A los catorce días el enfermo muere…

Me acerqué a él y lo besé.

–Amor mío. Cómo te quiero.

Y él que se me pone protestón y dice:

–¿Qué te han mandado los médicos? ¡No se me puede abrazar! ¡No se me puede besar!

No me dejaban abrazarlo…Pero yo… Yo lo levantaba, lo sentaba… Le cambiaba las sábanas… Le ponía el termómetro, le sacaba… Le tría y le sacaba el bacín… Me pasaba la noche a su lado… En cuanto a esto, nadie me decía nada…

Pero la cabeza me empezó a dar vueltas y me agarré de la repisa de la ventana… En aquel momento pasó un médico, que me tomó de la mano. Y de prnto:

–¿Está usted embarazada?

–¡No-no!—me asusté tanto. Tenía miedo de que alguien nos oyera

–No me engañe—me dijo con un suspiro.

Me sentí tan perdida que ni se me ocurrió decirle nada.

Al día siguiente me llaman a ver a la médico jefe.

–¿Por qué me ha engañado?—me pregunta.

–No tenía otra salida. Si le hubiera dicho la verdad, ustedes me habrían mandado a casa. ¡Es una mentira piadosa!

–¿¡Es que no ve lo que ha hecho!?

–Pero estoy a su lado…

Y cada día oía: ha muerto, ha muerto… Ha muerto Tischura. Ha muerto Titenok. Ha muerto… Como martillazos en la sien.

Veinticinco, treinta deposiciones, al día… Con sangre y mucosidades… La piel empezó a resquebrajarse en las manos, los pies… Todo se cubrió de forúnculos… Cuando meneaba la cabeza sobre la almohada se le quedaban mechones de pelo… Yo intentaba bromear: “Hasta es más cómodo. No te hará falta el peine”. Al poco les cortaron el pelo a todos. A él lo afeité yo misma. Quería hacerlo todo yo.

Alguien intenta convencerme: “No debe usted olvidar que lo que tienen delante ya no es su marido, un ser querido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación. No sea usted suicida. Recobre la sensatez”.

Pero yo estoy como loca: “Lo quiero! ¡Lo quiero!”. Él dormía y yo le susurraba: “¡Te amo!”

¡Aun no sabía cómo lo quería! No había más que él… Sólo él… ¡Como una ciega! Ni siquiera notaba los golpecitos debajo del corazón… Aunque ya estaba en el sexto mes… Creía que mi pequeño estaba dentro de mi, que allí estaba protegido…

Salgo de la sala al pasillo… Y me doy con la pared, con el diván, porque no los veo. Le digo a la enfermera de guardia “Se está muriendo” – Y ella me dice: “¿Y tú qué esperabas? Ha recibido mil seiscientos roentgen, cuando la dosis mortal es cuatrocientos. Estás junto a un reactor”. Todo mío… Lo que más quería.

Cuando murieron todos, repararon el hospital. Quitaron el yeso de las paredes, arrancaron el parqué y lo tiraron.. La madera..

…llamo de prisa a la enfermera: “¿Cómo está?—Ha muerto hará unos quince minutos”. ¿Cómo? Toda la noche a su lado. ¡Si solo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba “¿Por qué? ¿Por qué?” Miraba al cielo y gritaba…

Al cabo de dos meses regresé a Moscú. De la estación al cementerio. ¡A verle! Y allí, en el cementerio, me empezaron las contracciones… En cuanto me puse a hablar con él. Llamaron una ambulancia… Di a luz con la misma doctora, con Anguelina Vasílievna Guskova…

Me la enseñaron… Una niña… Natasha—la llamé–. Tu papá te llamó Natasha”. Por su aspecto, parecía un bebé sano. Con sus bracitos, sus piernas… Pero tenía cirrosis de hígado… En su hígado había veintiocho roentgen… Y una lesión congénita del corazón… A las cuatro horas me dijeron que la niña había muerto…

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