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Razones para seguir viviendo

En su libro Razones para seguir viviendo, Matt Haig describe con brutal honestidad su sentir al no encontrar razones para seguir viviendo. Su depresión, su historia es real y contrario a lo que se puede anticipar, la lectura cargada de ironía, deja una sensación optimista. Es una obra que regala esperanza, un manifiesto a favor de la vida y una oportunidad para entender esta enfermedad.

Finalmente, gracias a los libros y la escritura, Matt superó su depresión y aprendió a vivir nuevamente.

A continuación, un pequeño extracto del primer capítulo:

Recuerdo el día en que murió mi antiguo yo.

Todo empezó con un pensamiento. Algo estaba fallando. Ése fue el comienzo. Antes de saber qué era. Y luego, al cabo de unos segundos, noté una sensación extraña dentro de la cabeza. Alguna actividad biológica en la parte de atrás del cráneo, un poco más arriba del cuello. El cerebelo. Un latido o un parpadeo intenso, como si hubiera una mariposa atrapada dentro, combinado con una sensación de hormigueo. Yo todavía no conocía los extraños efectos físicos que la depresión y la ansiedad podían generar. Sólo pensé que estaba a punto de morirme. Y entonces empezó a fallarme el corazón. Y después empecé a fallar yo. Me hundí, rápido, y caí en una nueva realidad claustrofóbica y asfixiante. Pasó más de un año hasta que volví a sentirme mínimamente normal.

Hasta ese momento no había tenido conocimiento ni conciencia real de la depresión, aparte de saber que mi madre la había sufrido durante una breve temporada, a raíz de mi nacimiento, y que mi bisabuela paterna se había suicidado. Así que supongo que había antecedentes familiares, pero nunca me había detenido a pensarlo mucho.

En fin, yo tenía veinticuatro años. Vivía en España, en uno de los sitios más tranquilos y hermosos de la isla de Ibiza. Era septiembre. En quince días tenía que volver a Londres y a la realidad. Después de seis años de vida de estudiante y empleos de verano. Había postergado el mayor tiempo posible el momento de convertirme en adulto, y se me estaba echando encima como una nube. Una nube que rompía a llover sobre mí.

Lo más curioso de la mente es que uno puede sentir cosas intensísimas pero nadie puede verlas. El mundo se encoge de hombros. Tal vez se te dilaten las pupilas. Tal vez hables de forma incoherente. Puede que la piel te brille de sudor. Pero ninguno de los que vivían en esa casa de campo podría haber adivinado lo que yo sentía, de ninguna manera podían comprender el extraño infierno que yo vivía, ni por qué la muerte me parecía una idea tan fenomenalmente buena.

No me levanté de la cama en tres días. Pero no dormía. Mi novia, Andrea, me traía agua a intervalos regulares, o fruta, que yo apenas podía comer. La ventana estaba abierta para que entrara aire fresco, no pasaba ni pizca de aire y hacía calor. Recuerdo que me parecía imposible seguir vivo. Sé que esto suena melodramático, pero la depresión y el pánico sólo te permiten jugar con pensamientos melodramáticos. Sea como fuera, no había ningún alivio. Quería estar muerto. No. No era exactamente eso. No quería estar muerto. Sólo quería no estar vivo. La muerte era algo que me asustaba. La muerte sólo llega a los que han vivido. Y había muchísima gente que nunca había vivido. Yo quería ser uno de ellos. Ese antiguo y clásico deseo. No haber nacido nunca. Haber sido uno de los trescientos millones de espermatozoides que no lograron ganar la carrera.

(¡Qué regalo era ser normal! Todos caminamos sobre una cuerda floja invisible y, de hecho, en un segundo podríamos resbalar y encontrarnos cara a cara con todos los horrores existenciales que permanecen latentes en nuestra mente.)

No había casi nada en esa habitación. Una cama con un edredón liso, y paredes blancas. Puede que hubiera un cuadro, pero no creo. No logro recordarlo. Había un libro junto a la cama. Una vez lo cogí para leerlo y lo dejé. No podía concentrarme más de un segundo. No era capaz de expresar lo que me ocurría en palabras, porque iba más allá de las palabras. Literalmente, no podía explicarlo con precisión. Las palabras parecían triviales comparadas con aquel dolor.

Recuerdo que me preocupaba mi hermana menor, Phoebe. Estaba en Australia. Me inquietaba que ella, la más genéticamente afín a mí, se sintiera como yo. Quería hablar con ella pero sabía que no podía. Cuando éramos niños, en casa, en Nottinghamshire, inventamos un sistema para comunicarnos a la hora de dormir, que consistía en dar golpes a la pared que separaba nuestras habitaciones. Ahora golpeaba el colchón, imaginando que ella podría oírme en el otro extremo del mundo.

Toc. Toc. Toc.

Yo no tenía en la cabeza términos como depresión o trastorno de pánico. En mi ridícula ingenuidad, pensé que lo que estaba sintiendo no le había ocurrido a nadie más. Como para mí era tan desconocido, pensaba que debía de serlo también para toda la especie humana.

—Andrea, tengo miedo.

—Tranquilo. Todo irá bien. Todo irá bien.

—¿Qué me ocurre?

—No lo sé. Pero todo irá bien.

—No entiendo cómo puede estar sucediendo esto.

Al tercer día dejé la habitación y la casa, y salí, dispuesto a matarme.

 

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