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Una metáfora hecha realidad: laberinto de libros

amazeme

A partir de la metáfora del laberinto utilizada en la literatura de Jorge Luis Borges, dos brasileños decidieron hacer realidad las imágenes que el autor usaba para ilustrarnos su sensación ante la palabra escrita. Y es que a lo largo de sus cuentos y novelas, Borges presenta esa sensación de infinidad que hay en las letras. Es como si la condición de las palabras para contar ficciones estuviera en un plano eterno en el que las posibilidades fueran infinitas.

Borges plantea que nuestra imaginación tiene la capacidad de viajar a lugares inimaginables por lo que resume nuestro mundo a las palabras porque son las palabras lo que permiten este viaje interno.

Dentro de esta misma idea de las palabras como herramienta para viajar y para nombrar el mundo, se encuentra la idea del laberinto. La idea de un viaje cíclico que hace alusión al infinito. Un laberinto sin salida es una ilustración de la eternidad.

Marcos Saboya y Gualter Pupo de origen brasileño, hicieron una propuesta con una instalación en Londres en la cual ocuparon el Southbank Centre para mostrar este laberinto de palabras. Construyeron un laberinto (en inglés “maze”) de paredes con una altura de 2.5m con más de 250,000 libros apilados. A la instalación le llamaron “aMAZEme”y su propuesta era experimentar mientras el espectador caminaba en el laberinto de libros con la sensación de conocimiento, la curiosidad eterna y las ganas de explorar. La instalación fue acompañada de luces, sonido y proyecciones visuales que aumentaban y provocaban la magia de perderse en ese ambiente.

Sin duda una instalación poética que hace literal esta eternidad que hay en los libros y las infinitas posibilidades para perdernos en ellos.

A continuación les comparto el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos” de Jorge Luis Borges:

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

FIN

 

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