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Cuando tu cerebro se enoja

Cuando la ira te invade, tu cerebro activa la corteza cingulada anterior, encargada del control de las emociones; y la corteza dorsolateral prefrontal, encargada de la toma de decisiones racionales. Esto genera una lucha interna donde tu cerebro simplemente quiere tener la razón.

Mientras eso ocurre, se libera noradrenalina que aumenta la presión arterial y ritmo cardíaco, además de secretar dopamina, glutamato y disminución de serotonina y vasopresina. Es decir, este cambio neuroquímico tan inmediato, anula la parte más lógica y congruente del cerebro a fin de preparar a la persona para huir o luchar. Así que, no te vas a calmar por más que alguien te lo diga y de hecho, si te lo dicen, ¡más te enojarás!

El enojo o la ira son expresiones habituales y, hasta cierto punto, sanas de reaccionar ante una amplia variedad de situaciones cotidianas. Un enojo adecuado ayuda a resolver un desacuerdo, reclamar nuestros derechos o simplemente, marcar límites.

Al respecto, se identifican tres grandes manifestaciones de ira:

Implotar:

Rumiar una provocación, proferir insultos y maldiciones internamente, no expresar abiertamente el malestar; es decir, explotar hacia adentro, es una de las prácticas más dañinas para la salud física por los problemas cardiovasculares, gastrointestinales e inmunitarios que acarrea.

Explotar:

Expresar el enojo con insultos, gritos o agresiones físicas, sigue siendo una manifestación dañina aunque menor que en el caso de la supresión. Sin embargo, a diferencia de suprimir, quien es explosivo además enfrenta problemas interpersonales que dificultan su óptimo desarrollo social.

Enojo asertivo:

Verbalizar, gesticular, hacer evidente la molestia en tanto sea socialmente aceptable, resulta la forma adecuada de expresar el enojo con el menor impacto a la salud y las relaciones interpersonales.

Lo cierto es que según estudios de psicología, el grado asertivo se logra más frecuentemente con la edad. En la juventud, el enojo es fuerte, intenso e intempestivo. Después de los 35 o 40 años, la ira se convierte en algo más selectivo y controlable en un periodo de tiempo más corto.

Enojarse por 30 o 40 minutos es normal y benéfico cuando nos impulsa a ser competitivos o poner solución a una injusticia. Pero un enojo que dura más de cuatro horas, se convierte en patología y resulta nocivo.

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