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El fraude de las vacunas peligrosas

En 1998, en la Escuela de Medicina de Londres, Andrew Wakefield y su equipo, publicaron un artículo que relacionaba la vacuna triple viral (contra sarampión, paperas y rubeola) con el autismo.

Antes de ese evento, la confianza en las vacunas era más bien generalizado. Después de la publicación, muchos padres de familia manifestaron su temor y se dio lugar a un intenso debate público sobre la seguridad de la vacuna.

Tuvieron que pasar algunos años pero finalmente para 2010 se reunieron suficientes evidencias que demostraban que el artículo de Wakefield era un fraude por lo que instituciones públicas y privadas, manifestaron su total rechazo, incluidos los firmantes del artículo.

En 2017, Paul Offit del hospital Infantil de Philadelphia, escribe que el 85% de los padres de hijos autistas no creen que la vacuna haya sido la causa.

Luke Taylor de la Universidad de Sydney en Australia, revisó los trabajos publicados hasta abril de 2014 con un total de 1,256, 407 niños, además de examinar otros cinco estudios con 9,920 niños como control.

Este mismo año, otro estudio del Instituto Estatal del Suero de Copenhague, liderado por Anders Hviid, encuentra que no hay relación entre la triple viral y el autismo. Para ello, tomó como base el seguimiento, hasta el 2013, de 657,000 niños daneses nacidos entre 1999 y 2010.

Andrew Wakerfield perdió su licencia para ejercer medicina. Los estudios y la conclusión es clara: no existe relación entre la vacuna triple viral y el autismo, o con desórdenes asociados al autismo.

En un estudio desarrollado por Beth Hoffman de la Universidad de Pittsburgh, se rastreó el origen para conocer las razones que llevan a los antivacunas a seguir con su postura. Esta vez, la vacuna en cuestión fue la del papiloma humano.

Tras publicar una campaña en redes sociales respecto del uso de la vacuna, se se recibieron cerca de 10,000 comentarios, 800 de éstos eran en contra de las vacunas. Tras analizarlos se observó que la ideología contra las vacunas se da, en primer lugar por la desconfianza respecto de la comunidad científica. Segundo, por el apoyo a las terapias alternativas. Tercero, por la credibilidad en las exageraciones del riesgo de las vacunas y finalmente, debido a los conspiradores que acusan a los gobiernos, instituciones y grandes empresas.

Finalmente, en un estudio de David Bromatowski de la Universidad de George Washington publicado en 2018, afirma que los contenidos antivacuna parecen en gran cantidad en fabricantes de contenidos y trolls de Twitter difundidos desde Rusia. La información falsa sobre las vacunas influye en la ideología y creencias de la comunidad, incluso ante la presentación de evidencias que demuestran la falsedad del mito.

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