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La psicología detrás de las parafilias

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El sexo siempre ha estado presente entre las preocupaciones humanas básicas y es un ingrediente común dentro de la vida en pareja. Justamente, existen aspectos de nuestra sexualidad que por su naturaleza minoritaria, se vuelven tabús.

Esta segregación se da de manera social al clasificar los comportamientos, prácticas y tendencias sexuales como “normales” y “anormales”. Aunque vale la pena mencionar que los criterios van cambiando con el tiempo y muchas veces la cultura es el principal factor.

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Anteriormente, a aquellas prácticas poco comunes se les denominaba como perversiones sexuales, pero actualmente se les llama parafilias y se refiere a las pautas que conllevan una conducta que involucra objetos, rituales o situaciones necesarias para obtener gratificación sexual.

Realmente no existe una limitante precisa que establezca la existencia de una parafilia, pero se piensa que cuando un determinado objeto o ritual se vuelve imprescindible para obtener placer, se vuelve una parafilia.

De manera muy clara, es normal que exista la necesidad de explorar y tener nuevas experiencias en la función sexual, pero cuando éstas ya representan un requisito, la cosa cambia.

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El debate en torno a este tema es intenso, pues realmente una parafilia no es buena o mala, sólo diferente. Sin embargo, existen otras situaciones más complejas, como la pedofilia, la cual más bien se considera un trastorno. Y es en este punto dónde se aviva el debate: ¿hasta qué punto una parafilia se convierte en trastorno?

Para los psiquiatras, la línea es muy simple: un trastorno se caracteriza por prácticas compulsivas, enfermizas y dañinas que pueden o no implicar un consentimiento mutuo entre las partes.

A pesar de los numerosos estudios que intentan explicar el tema a fondo, no se ha logrado conocer exactamente qué ocasiona una parafilia, pero la mayoría de expertos creen que se originan durante la niñez, donde comenzamos a perfilar nuestros gustos o preferencias, por ejemplo, mostrar mayor interés por una persona morena que por una persona rubia.

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La frontera entre lo normal y anormal es fijada por la sociedad, realmente no hay por qué alarmarse por preferencias que sean un tanto peculiares, pero tampoco hay que olvidar que existen comportamientos evidentemente inaceptables que no se pueden justificar, mucho menos cuando se daña a un tercero.

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