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El por qué de las mentiras

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Mentimos, esa es la verdad. Estadísticamente, solo el 50% de nuestras mentiras tendrán el éxito deseado. Y a pesar de lo que creas, mentir no es la salida fácil pues en realidad, el esfuerzo mental que se genera detrás de la elaboración de una mentira, exige una demanda cognitiva profunda e importante.

El cerebro del mentiroso debe trabajar lo suficiente rápido para elaborar la mentira; a mayor detalle, mayores son las posibilidades de que ésta quede grabada en la memoria. Mientras tanto, el córtex frontal anterior derecho es la parte del cerebro que se activará tras una mentira elaborada, ésta es la misma zona que se relaciona con los recuerdos en los que fuimos protagonistas.

Mentir produce cambios en nuestra temperatura corporal resultado de la ansiedad y esfuerzo mental. Por ejemplo, aumenta la temperatura del músculo orbital (presente en la esquina del ojo) y también de nuestra nariz (bueno, al menos no nos crece).

La tentación (de ganar dinero, poder o reconocimiento) incrementa la actividad cerebral de las personas, en este sentido la resistencia activa, detona la necesidad de mentir. Caso opuesto sucede cuando no existen tentaciones o estímulos para decir otra cosa que la verdad y entones, es más fácil que las personas opten por la vía de la honestidad.

Pese a todo, dejar de mentir es simplemente imposible ya que la memoria es la mentira más contundente de nuestro cerebro. Y es que, como lo explica Pedro Bekinschtein, nunca evocamos los recuerdos como en realidad fueron vividos sino que el cerebro construye con información de experiencias diferentes mezclándolas con eventos presentes. Es decir, la información se transforma con el tiempo y el uso de ésta haciendo que nuestros recuerdos se guarden de una manera deformada de la realidad.

No hay salida, mentimos.

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