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A nadie le gusta olvidar

Aprender requiere la capacidad de memorizar. Este proceso conlleva que el conocimiento adquirido se codifique, almacene y quede a disposición para su recuperación en el momento preciso.

Y aunque los investigadores consideran que el olvido es el polo opuesto del recuerdo, la realidad es que olvidar es mucho más que una laguna en la memoria. Olvidar resulta ser un componente esencial para la memoria.

Nuestra vida es una sucesión de modificaciones, para adaptarnos a las condiciones ambientales y cambiantes, necesitamos aprender nueva información pero también olvidar y reciclar la que ya sabemos.

Debemos conservar en la memoria aquello que vemos, tocamos, oímos, saboreamos y olemos durante un tiempo corto, hasta recibir la siguiente sensación. Almacenamos cada entrada en un sistema sensorial durante más o menos un cuarto de segundo y en cuanto llega el siguiente estímulo sensorial, el antiguo ha de eliminarse para que no se solapen.

La eliminación y olvido de información no representan fallos ni interrupciones de la percepción, sino que son elementos importantes de los procesos necesarios para que se produzca dicha percepción.

Cuando almacenamos información nueva, suelen sobrescribirse acontecimientos anteriores. Así, no nos resulta relevante el lugar donde nos estacionamos hace una semana, ni donde nos estacionamos con más frecuencia. En su lugar, debemos recordar dónde dejamos el auto por última vez.

Olvidar no solo permite que haya más espacio en la memoria, sino que los códigos que hacían accesible y único a determinado recuerdo, se convierten en un nuevo recurso para otros recuerdos.

Según el especialista Robert Bjork el olvido es simplemente una “disminución en la facilidad de acceso a cierta información o procedimiento en un momento determinado”.

 

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