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El panteón de los cerebros

“Conviene que la gente sepa que nuestros placeres, gozos, risas y juegos no proceden de otro lugar sino del cerebro, y lo mismo las penas y las amarguras, sinsabores y llantos. Y por él precisamente razonamos e intuimos, y vemos y oímos, y distinguimos lo feo, lo bello, lo bueno, lo malo, lo agradable y desagradable (…). También por su causa enloquecemos y deliramos, y se nos presentan espasmos y terrores, unos de noche y otros por el día, e insomnios e inoportunos desvaríos, preocupaciones inmotivadas y estados de ignorancia de las circunstancias reales y extrañezas. Y todas esas cosas las padecemos a partir del cerebro, cuando este no está sano, sino que se pone más caliente de lo natural, o bien más frío, o mas seco o sufre alguna otra afección contraria a la naturaleza”.

Hipócrates, en Morbus Sacer, expone en unas líneas de forma magistral las funciones y sentido del cerebro. Este tratado de apenas 50 páginas es del todo comparable, en medicina como en la ciencia misma, al Partenón en arquitectura.

En el cerebro está la respuesta a la variabilidad humana. Cerebros diferentes, conductas diferentes. Pero, ¿dónde radica la diferencia? ¿En los relieves que se entrecruzan en la corteza, o quizás en el contenido ventricular? Esta pregunta permitirá gran especulación.

Tenía que nacer Franz Joseph Gall en 1758 para destronar la hipótesis sobre las cuatro facultades mentales admitidas hasta entonces por los filósofos, a saber: memoria, juicio, imaginación y reflexión; para sustituirla por 27 nuevas facultades, todas ellas desplegadas en una topografía del cráneo.

Su hipótesis continúa hasta hoy, de manera “que el cerebro posee áreas específicas para funciones específicas”. Sin embargo, delimitar con precisión esas áreas y su específica función, sería el gran reto.

Gall pretendía demostrar “que mediante el estudio de las prominencias y depresiones que encontramos en la cabeza y el cráneo es posible reconocer las distintas inclinaciones y disposiciones de cada persona…”.

Sin embargo, sin una teoría psicológica, el modelo cayó en lo especulativo y sin un fundamento empírico real.

No obstante, tras el descubrimiento del área de Broca, en 1861 en Francia, los neurólogos establecen que la autopsia debe ser la norma para el estudio detenido del cerebro en cualquier trastorno conductual o sensitivo-motor. Se crea también la Société d’Autopsie Mutuelle en 1876, en la que los miembros legan su cerebro para el progreso de la ciencia.

Es así como proliferan los institutos del cerebro que albergan miles de vísceras para su estudio. A lo anterior, se sumará el coleccionismo de piezas biológicas que posteriormente, como filatelia, se intercambiaban y se comerciaba con los ejemplares más monstruosos.

Había que coleccionar cerebros de genios, realizar las mediciones y análisis anatómicos necesarios, conservarlos como piezas de anticuario y elaborar una teoría satisfactoria que nunca llegó.

Pero en Rusia el coleccionismo cerebral sobrepasó todos los límites. Con una larga tradición se funda en San Petersburgo la Kunstkamera en 1714, con 2000 especímenes anatómicos y dos millones de piezas. Evidentemente, son muchos los neurólogos destacados en esa época y sumados, brindaban las condiciones ideales para levantar el Panteón de Cerebros.

Bechterev, fundador del Instituto de Psiconeurología, describió el cerebro como una entidad biosocial que, para entenderlo, proponía sumar los esfuerzos de psicólogos, psiquiatras y neurocirujanos, entre otros. Fue él quien también publicó las características del cerebro de Mendeleiev, Borodin y Rubinstein.

Los cerebros se amontonaban en las alacenas, por lo que fue necesario un panteón de cerebros que además fuera laboratorio para análisis de las claves de la genialidad en la Unión Soviética bolchevique.

Tras la muerte de Bechterev y por órdenes de Stalin, el Panteón de Cerebros pasó a Moscú a manos del destacado neuropatólogo alemán y leninista Oscar Vogt, quien indagaba las “anomalías” del cerebro de los nazis.

Allí se conserva el cerebro de Iván Pavlov, Lenin, Stalin, Clara Zetkin (fundadora del Partido Social Demócrara alemán), Maiakovski (poeta de la revolución rusa), Máximo Gorki (novelista revolucionario) y un gran etcétera.

Tras un periodo de decadencia y abandono del panteón, desde el año 2000 se ha intentado rehabilitar el museo. Pero sin duda, estamos lejos de esclarecer de forma satisfactoria los secretos de esa compleja maquinaria que es el cerebro.

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