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Sólidos platónicos

Aunque en Escocia, durante el neolítico (hacia el 2000 a.C.) surge la primera evidencia de los poliedros, no es sino hasta el 530 a.C., en Grecia, cuando estas figuras se consideran dignas de ser estudiadas, surgiendo con este interés, la primera escuela matemática de la historia, la de Pitágoras de Samos. Con él, por primera vez, las figuras tuvieron un nombre: los sólidos pitagóricos.

Aristóteles suponía que “los elementos de los números era la esencia de todas las cosas, y que los cielos eran armonía y número” y por tanto, con Empédocles, el cubo fue asociado con tierra, tetraedro con fuego, icosaedro con agua y octaedro con aire.

Platón (447 – 347 a.C.) relacionó el dodecaedro con la sustancia de las estrellas cuando es sus Diálogos, puso en boca de Timeo de Locri “…es posible una quinta forma, Dios ha utilizado ésta, el dodecaedro pentagonal, para que sirva de límite al mundo”. Y desde entonces, se les conoció como sólidos platónicos.

Finalmente, es gracias a Euclides de Alejandría, quien haciendo un profundo estudio, genera conclusiones que consagran para siempre a las figuras, en el mundo de las matemáticas.

¿Por qué únicamente cinco?

Por definición, un sólido platónico es un poliedro convexo cuyas caras son polígonos regulares iguales entre sí y cuyos vértices son iguales. Es decir, todos sus ángulos, cada uno de sus lados, son iguales entre sí. Además de que cada vértice está rodeado por las mismas caras y ordenadas de la misma manera.

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