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Fracasos de la genética

En Estados Unidos, más de 13 millones de vacas son descornadas anualmente, sea serrando los cuernos o bien, cauterizando el esbozo de cuerno cuando empieza a crecer, lo que se conoce como desmoche. Ambos procedimientos son agresivos para los animales y granjeros aseguran que tampoco para ellos es algo agradable.

La empresa Recombinetics desarrolló una solución innovadora y elegante utilizando la tecnología de edición genética en la cual, decidieron incorporar en el genoma de las vacas Holstein, las típicas vacas lecheras blancas con negro, con cuernos, una variante genética del genoma de las vacas Angus, las vacas negras muy apreciadas por su carne. Dicha edición ocasionaría que los cuernos nunca se desarrollen.

La tecnología utilizada para realizar este procedimiento, básicamente corta el ADN de forma precisa en el lugar indicado del genoma. Posteriormente, reconstruyeron embriones de toro con el núcleo de las células Holstein editadas y nacieron dos terneritas: Buri y Spotigy.

La edición genética soluciona de una manera limpia y práctica el problema y en una sola generación. Ya que, en la genética tradicional, se habrían mezclado los genomas de Holstein y Angus, produciendo vacas con características intermedias que no hubieran sido de interés, además de los años y generaciones necesarias para lograr el resultado deseado.

 

Todo desarrollado de manera muy prolija hasta que la poderosísima FDA, encargada de la seguridad alimentaria y de salubridad norteamericana, observó con interés el proyecto de Recombinetics pensando en que el ADN editado podría utilizarse como un “nuevo medicamento” por lo que solicitó diferentes pruebas de seguridad y toxicidad, como si de vacas transgénicas se trataran.

La edición genética no es equivalente a una transgénesis ya que no introduce nuevas secuencias de otros organismos, sino únicamente variantes ya existentes en la naturaleza. Para ello, debe cumplirse que la planta o animal editado no sea transgénico por otros motivos.

Bien, pues en los estudios realizados por la FDA, resultó que la elegancia que Recombinetics decía haber logrado, no era tal, sino que el genoma de las vacas no estaba tan intacto. Una decepción y gran problema para la empresa. De lo que parecía resultado limpio de copiar y pegar, se observó que en esa edición también se “pegaron” secuencias indeseadas de ADN bacteriano que nunca debieron haber sido parte de la vaca, y en tal caso debieron haber sido descartados y seleccionar los clones que portaran únicamente la edición deseada. Por lo que al final, después de 17 descendientes de Buri, Recombinetics tuvo que aceptar que únicamente desarrolló animales que tuvieron que ser sacrificados.

Así, Buri y Spotigy son animales transgénicos, genéticamente modificados sin la precisión y limpieza del proceso autoproclamado por la empresa.

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