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Travers y la genialidad de Mary Poppins

Caída del cielo de quién sabe dónde, Mary Poppins se introduce en la vida de una familia londinense a comienzos del S. XX. Su nombre “she pops-in”, incluso la sugiere como una aparición.

El extraño comportamiento de la niñera tiene, en realidad, una lógica que está inspirada en las mitologías griega y celta. Incluso de la Biblia, los cuentos de hadas y algunos textos orientales.

Mary Poppins es una creación de la escritora Pamela Lyndon Travers quien le concedió vida a lo largo de ocho libros publicados entre 1934 y 1988. Sin embargo, no vería la fama sino hasta que llegó a la pantalla grande con Walt Disney.

La Mary Poppins original es flaca, con pies grandes, lanza miradas fulminantes o más bien feroces, capaces de bucear en lo más profundo de las personas y ver lo que están pensando. Sonríe poco y enigmáticamente, bufa y resopla con hastío. Gusta de tener la última palabra, se cree mucho más bonita de lo que realmente es y… da miedo.

En acuerdo con la especialista en historia cultural, creencias, religión y brujería, María Tausiet, Poppins ha sido comparada con una bruja, hada madrina, diosa e incluso con la mismísima virgen María. Si bien, ni lo uno ni lo otro, definitivamente, de carácter inspirador.

Su autora, Travers, fue también una mujer de contrastes; esotérica, testaruda, bisexual, guasona, depresiva y fabulosa. Se codeaba con W.B.Yeats, su mentor era el poeta George William Russel, frecuentaba los círculos teosóficos, vivió con indios navajos y estudió con un maestro zen en Japón. Con tod,o lo anterior, logró tejer un arquetipo de mujer ligera, incluso frívola que, sin embargo, encarna una gran cantidad de mitos clásicos y fuentes folclóricos tanto como religiosos.

Por ejemplo, la bolsa de la que saca desde una butaca hasta una cama plegable, remite a los relatos viajeros de Julio Verne y Stevenson pero también a las alfombras voladoras y al principio taoísta de “lo vacío está lleno”. La cinta métrica y el termómetro con el que evalúa a los niños arrojando lecturas de “malhumorado y nervioso” o “completamente mimada” son una ocurrencia genial desde los tiempos de Plinio el Viejo.

Según Tausiet, en Poppins conviven lo extraño, freudiano y las reliquias cristianas, leyendas medievales, Blake, Wordsworth, la filosofía Zen y todos los astros celestes.

Travers fue siempre enigmática, se llamaba Helen Lyndon Goff, no era británica sino hija de un emigrante londinense. Su padre, humilde empleado en un banco de Australia, murió alcoholizado cuando ella tenía siete años. Su tía, autoritaria y responsable, salvó a su madre y sus dos hermanas de la indigencia. Helen, en cuanto pudo, se marchó a Irlanda para ser poeta y conocer los ídolos literarios que su padre le recitaba de niña.

Enigmática, temperamental, leal, cariñosa, inspiradora, complicada y exasperante, es como la recuerda el escritor británico Brian Sibley, con quien trabajó en una secuela cinematográfica.

Libre y en constante búsqueda espiritual, hipocondriaca y con episodios depresivos, Travers hizo de una institutriz indomable –que nunca se justificaba ni pedía permiso-, un personaje inmortal que expresa el misterio, lo siniestro y luminoso, a la vez, del mundo.

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