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El Estado, las mujeres y sus cuerpos

Quizá el Estado nunca hubiera metido sus narices en las decisiones de procreación de la mujer, de no haber sido por las diversas crisis demográficas por las que atravesó Europa. Desde la Peste Negra (1345-1348), hasta el “holocausto americano” posterior a la colonización de Sudamérica (a decir del historiador David Stannard, en el siglo que siguió a la conquista, la población disminuyó en 75 millones, que representaba al 95% de sus habitantes), se abrió el discurso hacia la necesidad de procrear.

El pico de la crisis demográfica y económica en Europa fueron las décadas de 1620 y 1630 durante la denominada “crisis General” en la que tanto la Europa continental como sus colonias, enfrentaron mercados contraídos, comercio detenido, desempleo y evidente riesgo del colapso de la economía capitalista.

Fue este el contexto que puso sobre la agenda política la relación trabajo – población – acumulación de riqueza. Con ello, surgieron las primeras estrategias para generar elementos de control sobre el requerido crecimiento poblacional y por tanto, la reproducción. Desde entonces, el Estado se ha inmiscuido en asuntos que anteriormente fueron propios, si no de la intimidad familiar, de la mujer.

Las repercusiones de lo anterior, tocaron fibras más sensibles tanto como profundas pues, la criminalización de la anticoncepción derivaron en el empoderamiento del género masculino.

Habrá que remontarnos a documentos que datan de la Edad Media y dan cuenta que de los múltiples y diversos métodos anticonceptivos de los que las mujeres se valían; en su mayoría, se trataban de hierbas convertidas en pociones y pesarios (supositorios) que utilizaban para precipitar el período de la mujer, provocar un aborto o crear una condición de esterilidad.

En este sentido, criminalizar el control de las mujeres sobre la procreación, expropió a las mujeres de ese saber antiguo que se había transmitido de generación en generación, proporcionando cierta autonomía respecto de su fertilidad. En los casos en que dicho saber no se perdió, pasó directamente a la clandestinidad y por tanto, también criminalización.

Posteriormente, cuando el tema del control natal emergió nuevamente en la escena social, los métodos anticonceptivos ya no eran los que las mujeres podían administrarse, sino que fueron creados específicamente para el uso masculino.

Así, al negarle a la mujer el control sobre sus cuerpos el Estado, en consecuencia, las privó de la condición fundamental de su integridad física y psicológica, degradando la maternidad a la condición de trabajo forzado, además de confinar a las mujeres al trabajo reproductivo de una manera desconocida en sociedades anteriores. Con todo ello, surgía una nueva división sexual del trabajo con la subsecuente reducción de las mujeres a individuos no-trabajadores.

 

 

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