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Eucalipto, cuando la naturaleza era parte de la solución

Si bien el eucalipto es un árbol originario de Australia, fue este poco argumento para desalentar su introducción al valle de México. El objetivo era por demás urgente pues había que sanear la ciudad y reducir los casos de malaria. Fiebres frecuentes y otras afecciones palustres era el escenario en el que trabajaban las autoridades sanitarias.

La Academia Nacional de Medicina ofreció un premio de quinientos pesos a quien pudiera idear un método de combate ante el incremento de las enfermedades. Así, el doctor De Bellina expuso que la degradación de las condiciones sanitarias de la ciudad, acumulación de aguas estancadas y carencia de drenaje, eran las condiciones que vulneraban la salud. Por ello, era preciso desecar zonas pantanosas además de plantar cerca de cincuenta y dos millones seiscientos cincuenta mil árboles.

Para el Consejo Superior de Salubridad, la idea era menos que alocada pues ya en 1874 se había dictaminado sobre el efecto higiénico y sobre los usos medicinales del Eucalyptus globulus. Se había concluido que “en las comarcas malsanas en donde los pantanos abundan y dan nacimiento a miasmas que dan muerte a un gran número de habitantes produciéndoles el envenenamiento pernicioso, la plantación de Eucalyptus las transforma en lugares sanos y ricos”.

Así, se determinó que la mejor manera de combatir la acumulación peligrosa de los miasmas era fomentar la circulación, tanto de las aguas estancadas como del aire, y promover la aireación de la tierra y el empleo de antisépticos.

Drenar, ventilar y purificar, eran y siguen siendo las mejores medidas preventivas contra el peligro de la acumulación de emanaciones nocivas. El eucalipto posee características que le permiten contribuir a ello ya que, sus raíces perpendiculares y fuertes, absorben en grado superior el agua y perforan profundamente el suelo, haciendo desaparecer el exceso de humedad, fomentando la filtración de aire y agua en la tierra. Adicionalmente, sus hojas esparcen cantidades enormes de vapores acuosos, oxígeno y efluvios balsámicos que permiten la purificación del aire actuando como un antiséptico natural.

El informe del Consejo Superior de Salubridad recomendaba el uso de las distintas preparaciones en los hospitales de la Beneficencia Pública, ya que la esencia o eucalyptol servía para sanar las bronquitis subagudas, la laringitis catarral, la tisis de marcha lenta, las pulmonías crónicas y las gangrenas pulmonares. El polvo y las píldoras hechas a partir del extracto alcohólico de las hojas eran aconsejados como tónico para los enfermos debilitados, y también en los casos de fiebres intermitentes, asegurando un gran éxito. Finalmente, los cigarros balsámicos eran recomendados para combatir las toses espasmódicas y el enfisema.

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